Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas, 10, 1-9.
Homilía:
Somos Apóstoles y discípulos de nuestro Señor.
Nuestro Señor, después de ser bautizado por San Juan el Bautista, vivió el episodio de las tentaciones en el desierto de su soledad, y, posteriormente, empezó a trabajar para reunir, primero a sus discípulos, y, posteriormente, cuando tuvo muchos seguidores y necesitó organizar su comunidad, a sus Apóstoles. San Mateo escribió en su Evangelio con respecto al inicio de la actividad misionera de Jesús: "Cuando Jesús oyó que Juan (el Bautista) estaba preso, volvió a Galilea" (MT. 4, 12). "Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano" (MT. 14, 3. CF. MC. 6, 17 y LC. 3, 19-20).
"Y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí" (MT. 4, 13). "Después de esto (la vivencia de las bodas de Caná de Galilea) descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días" (JN. 2, 12).
"Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció" (MT. 4, 14-16). San Mateo nos está recordando un fragmento de la primera lectura correspondiente a la Misa de la media noche de la Natividad de nuestro Señor. "Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles" (IS. 9, 1). El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz -leemos en el principio del capítulo 9 del primer Isaías-. Quienes no hemos creído en Dios durante todos los años que hemos vivido, sabemos perfectamente lo que significa vivir en tinieblas y vislumbrar la luz indeficiente procedente del cielo. Recuerdo la ilusión con que celebramos el tiempo de Adviento preparando la celebración de la Navidad, el júbilo con que nuestro corazón penitente espera la llegada de su Redentor al mundo. En la celebración de la media noche de Navidad nos gloriamos al recordar el bien que nuestro Señor nos hizo al encarnarse en las entrañas purísimas de nuestra Santa Madre y al venir a nuestro encuentro para santificarnos y hacernos hijos de nuestro Padre común, gratuitamente, sin que hiciéramos nada para merecer tal don, aunque, siendo nosotros incapaces de creer que el amor existe más allá de la posesión de los bienes materiales sin cuya valía se extingue nuestra vida, El derramó su Sangre y se nos dio en la Eucaristía, para demostrarnos la grandeza del amor del Dios que sacrificó a su Hijo único en favor de sus hijos adoptivos, nacidos del bautismo, supervivientes del agua que simbolizaba nuestras miserias sobre las que caminó Jesús en el mar de Tiberíades, y nacidos de la gracia santificante, y de la fuerza impetuosa del Paráclito. "El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos" (IS. 9, 2). La luz resplandeció sobre los enfermos, los desamparados, los presos, los pobres... Desde que inicié mi labor en la red el pasado año 2001, en cada ocasión que hemos celebrado el Nacimiento de nuestro Señor, algunos de mis lectores me han dicho: Si la luz de Cristo resplandece sobre nosotros, ¿cuál es la causa por la que Dios no ha eliminado el dolor del mundo? Aunque no es este el momento para hacer una meditación sobre el dolor y nuestras carencias porque dispongo de un espacio reducido de texto para dirigirme a vosotros con el fin de no seros molesto y porque el Evangelio de hoy trata sobre el servicio de Dios en nuestros prójimos los hombres, pero, aunque es difícil -por no decir imposible el hecho de saber por qué sufrimos a nivel individual-, no debemos olvidar un tema sobre el que trata el Evangelio de hoy: nuestra posibilidad de ayudar a nuestros prójimos a vencer sus situaciones difíciles, así pues, si no sabemos cuál es la causa por la que tenemos carencias y por lo tanto por la que sufrimos, ello no nos impide cargar nuestras cruces sobre nuestros hombros para que, al aligerar el peso de nuestros prójimos, nuestra vida nos sea más llevadera.
"Multiplicaste la gente (los creyentes) y aumentaste la alegría. SE alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto" (IS. 9, 3-7).
Prosigamos meditando la obra de San Mateo:
"desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (MT. 4, 17). San Marcos nos expone el mensaje con que Jesús comenzó su ministerio público en los siguientes términos: "-El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio de salvación" (MC. 1, 15). Al comparar los dos versículos citados de ambos Evangelistas, nos preguntamos: ¿Por qué San Mateo nos dice que nos arrepintamos de nuestros pecados mientras que San Marcos nos dice que nos es suficiente con creer en el Evangelio? Si leemos el Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que el intérprete de San Pedro en Roma no predicó un Evangelio diferente a la buena noticia que predicó el citado recaudador de impuestos, así pues, lo que sucedió es que San Marcos, al igual que hacemos muchos predicadores de nuestro tiempo, predicó el Evangelio, en un principio, evitando darles a conocer a sus lectores la existencia del infierno, dado que los mismos no habían sido instruidos en la sabiduría del Antiguo Testamento antes de que tuvieran la oportunidad de conocer a nuestro Señor, mientras que San Mateo escribió su Evangelio pensando en los lectores judíos a quienes dirigió el citado texto.
"Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron. Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (MT. 4, 18-23. Quizá nos llama la atención la forma tan radical en que los citados Apóstoles de nuestro Señor se separaron de sus familiares y dejaron de realizar sus actividades ordinarias con tal de seguir a nuestro Señor. Aún en nuestros días nos preguntamos cuál es la razón por la que el Hijo de María es seguido por millones de religiosos y de laicos en muchos países. Para responder la citada pregunta es preciso vivir nuestra fe, pues no basta para ello saber que los cristianos seguimos al Hijo del carpintero nazaretano porque afirmamos que El es el Hijo de Dios.
"Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán" (MT. 4, 24-25).
Cuando Jesús recorría las tierras de Palestina, los Apóstoles eran semejantes a aquellos hombres que, misteriosamente, descubren que su vida tiene un sentido que, a pesar de ser desconocido, resulta ser un misterio que conduce a la posesión de la felicidad. Ellos tenían muchas opiniones o puntos de vista con respecto a los acontecimientos ordinarios y a veces catastróficos del más conflictivo de los países conquistados por el Imperio Romano.
Los Doce tenían la costumbre de discutir mucho con respecto a cuál de ellos sería el sucesor del Rabbi, y seguramente entre ellos debieron surgir muchos problemas, los cuales debieron serles comentados a Jesús, a fin de que el Maestro dictara su sentencia, con respecto a la resolución de los mismos.
Aparte de lo "fácil" que resultaba vivir con Jesús, los Apóstoles, en vez de ser conscientes con respecto a la existencia de la inspiración del Espíritu Santo en sus personas, se emocionaban porque estaban capacitados para hacer milagros, pero, su actitud no era pecaminosa, pues ellos eran conscientes de que aquel poder sobrenatural que poseían no procedía de ellos, pues era Jesús quien sostenía aquella portentosa obra evangelizadora que ellos llevaban a cabo.
Los Doce eran con respecto a Jesús semejantes a aquellas personas que siempre necesitan que se les diga lo que han de hacer y cómo han de pensar y actuar, pues, confiaban tanto en sus prójimos, que estaban incapacitados para actuar según su libre albedrío. Ellos sabían perfectamente que el hecho de seguir a Jesús no les permitía ser egoístas, pues ello significaba que habían de vivir consagrados a servir a Dios en sus hijos los hombres.
Durante el tiempo que se prolongó su Ministerio público, Jesús les dijo a los Doce Apóstoles que ellos no podrían estar siempre con El, pues, el Maestro, únicamente, les estaba adoctrinando, para que continuaran realizando su obra real, sacerdotal y profética.
Los Apóstoles no querían ni podían entender que Jesús IVA a morir, así pues, después de haberse separado de sus familiares y de haber abandonado sus posesiones para seguir a Jesús, ¿qué podrían ellos hacer en el mundo después de que aconteciera la muerte del Nazareno?
Al leer atentamente el Evangelio de hoy, nos percatamos de que algún hecho no está escrito o no es vivido por nosotros en concordancia con la verdad absoluta, así pues, mientras que nuestra vida está orientada a hacer cosas e incluso favores con tal de que podamos recibir dádivas a cambio de los esfuerzos que llevamos a cabo con el fin de favorecer a nuestros prójimos y del tiempo y la dedicación que invertimos para ello, Jesús nos dice que procuremos que se nos conozca por el hecho de poseer el don de la gratuidad. Tengo que deciros que estoy un poco confuso a medida que os voy conociendo cuando tengo la oportunidad de chatear con vosotros utilizando las cuentas de chat de Trigo de Dios:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
en el Msn Mesenjer y:
trigodedios
en Skype. Los hermanos y amigos con quienes he tenido la oportunidad de conversar son muy ricos con respecto a la vivencia de experiencias buenas y adversas.
Jesús nos envía a todos nuevamente en este día a que convirtamos a los no creyentes a su Evangelio, pero, para llevar a cabo tan magno propósito, no tenemos más remedio que resolver nuestros problemas al mismo tiempo que nos dedicamos a servir a nuestro Padre común en nuestros prójimos, así pues, se nos plantea la posibilidad de resolver nuestras dudas milenarias de fe al menos individualmente.
Os envío algunas frases que vengo recibiendo por correo electrónico y anotando desde hace varios años, pues pienso que las mismas nos son muy útiles para aumentar y vivir nuestra fe.
No te pido que alcances la santidad tú sólo como si ello dependiera exclusivamente de ti -nos dice Dios-, pues sólo quiero que camines.
Sólo Dios se satisface a Sí mismo, pero El quiso tener necesidad de ti.
Fracasar es la oportunidad de comenzar de nuevo con más paciencia.
El arca de Noé fue construida por aficionados inspirados por Dios, y el Titanic fue construido por profesionales.
No importa la tormenta, pues, cuando estés con Dios, siempre habrá un arco iris esperándote.
Lo grande y hermoso no es que debo orar, sino que puedo orar.
No puedo hacer nada sin vosotros, pero, ustedes, no podéis estar sin mí.
Si eres cristiano, haz que la vivencia de tu fe te delate.
La santidad hace la diferencia.
La Eucaristía es la amorosa locura de Dios.
Padre mío, ámame tal cuál soy, con mis virtudes y defectos.
El desierto es el lugar de prueba y de encuentro con Dios.
No fomentes el ateísmo de los demás que no quieren creer en el Dios que te has creado, pues debes creer en el Dios verdadero.
Bienaventurado el que no se decepciona de un dios distinto del que pensamos.
Feliz el que apuesta por un Dios que es amor.
Feliz el que, a pesar de todo, sigue confiando en un Dios Padre de todos, que hace llover sobre justos y pecadores.
Feliz el que no se decepciona de un Dios que ama a nuestros enemigos.
Feliz el que con terror se lo juega todo a la carta de un Dios que no entendemos.
Dejémosle a Dios ser Dios y no nos decepcionemos de lo que sea.
Déjale a Jesús un rinconcito en tu corazón para que siembre una semilla.
El fracaso no significa que me has abandonado, significa que debes tener una mejor idea para mi alma.
Lo más difícil de la oración no es saber si Dios te escucha, sino saber si tú lo escuchas a El.
No reces para complacer a Dios de que haga lo que tú quieres, sino para ver si tú logras acercarte a lo que El espera de ti.
No le pidas al Señor que gobierne tu vida y el mundo a fuerza de milagros, pídele más bien el milagro de amar y de ver que tu amor transforma el mundo.
Si tu corazón te aleja de los hombres, no te encontraste con el Dios de los hombres, sino con tu fantasía.
Los ojos que se cierran para orar, suelen ver con más claridad las cosas.
Reza ante el Señor como un niño, pero vuelve a tu vida con tu adulta responsabilidad.
El final de toda oración adulta es el amén de la aceptación (de la voluntad de Dios).
Jesús nos hace caer en la cuenta si nuestro corazón, arde o no arde, en nuestro pecho.
Jesús nos dice que la comprensión de las escrituras no es cosa de expertos, sino de apasionados y enamorados.
La fe, más que creer en algo que no vemos, es creer en alguien que nos ha hablado (Jorge Lorin).
¿Piensas que se puede ser sacramento de amor sin dolor?
Vive en Jesús, con Jesús, de acuerdo a Jesús, para Jesús, desde Jesús.
Sólo Dios basta, pero El cuenta contigo.
Sólo Dios puede crear, pero a ti te corresponde dar valor a lo creado.
Sólo dios hace crecer, pero a ti te corresponde guiar y orientar lo que crece.
Sólo Dios puede dar la fe, pero a ti te corresponde ser signo de Dios y creer.
Sólo Dios es fuente de esperanza, pero a ti te corresponde dar de nuevo la confianza.
Sólo Dios es el amor, pero a ti te corresponde amar y enseñar a amar.
Sólo Dios puede dar paz, pero a ti te corresponde colaborar para que haya unión.
Sólo dios puede dar la verdadera alegría, pero a ti te corresponde sonreír.
Sólo Dios es el camino, pero a ti te corresponde recorrerlo y mostrarlo.
Sólo Dios es luz, pero a ti te corresponde hacerlo brillar.
Sólo Dios puede hacer lo imposible, pero a ti te corresponde hacer lo posible.
Sólo dios es la vida pero a ti te corresponde revitalizar las ansias de Dios.
Sólo dios se satisface a Sí mismo, pero El quiso tener necesidad de ti.
Sólo Dios puede hacer el milagro, pero a ti te corresponde traer tus cinco panes y tus dos pescados.