Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas, 11, 1-13
Homilía:
El perdón de los pecados y la oración.
1. El perdón de los pecados.
Llamamos pecados a las transgresiones voluntarias de los preceptos religiosos, así pues, si no amamos a nuestros prójimos según está escrito que debemos hacerlo en la Ley, pecamos, al no cumplir la voluntad de Dios. El pecado es contrario a tolo lo que podemos considerar que es recto o justo.
Llamamos pecados actuales a los actos con que incumplimos la Ley voluntariamente.
Llamamos pecados capitales a aquellas acciones que constituyen el principio de otros pecados.
Llamamos pecados de comisión, a las obras, palabras o deseos contrarios a la Ley.
Cometemos pecados de omisión en aquellas ocasiones en que incurrimos dejando de hacer todo aquello que nos obliga la Ley.
Los pecados mortales nos privan de la vida espiritual y de la gracia divina, nos hacen enemigos de Dios, y por cuya comisión merecemos la condenación eterna.
Sabemos lo aquí expuesto y más cosas con respecto a los pecados, y no ignoramos que Dios perdona todas nuestras culpas, aunque sepamos que los pecados mortales nos apartan de la presencia de nuestro Padre común. En la mayoría de las religiones se plantea extensamente el concepto de lo que moralmente es considerado bueno y malo, pero este pensamiento se desarrolla especialmente en el Judaísmo, en el Cristianismo y en el Islam.
Muchos de nuestros hermanos en la fe se quejan de que actualmente, en los países en que nuestra religión está siendo objeto de desprecio, muchos predicadores estamos perdiendo la costumbre de hablar del infierno y del purgatorio, pero yo pienso que eso no sucede porque le tenemos miedo al rechazo que ello pueda provocar en quienes no sienten miedo con respecto a la salvación de sus almas, sino porque pensamos que no queremos utilizar el miedo para hacer que nuestros oyentes yy/o lectores se conviertan al Evangelio, ya que pensamos que nosotros sólo hemos de preocuparnos por predicar, ya que Dios es el encargado de hacer que nuestros oyentes y lectores le acepten, cuando El crea que ha llegado el momento oportuno para que ellos no le rechacen. Tened en cuenta que el mensaje que estáis leyendo ha sido escrito por alguien que durante algunos años negó nuestra fe con toda su alma, pero Dios le atrajo hacia sí, y se cumplieron en él las palabras de la Profecía de Jeremías: "Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste" (CF. JER. 20, 7). En otro lugar del libro de Jeremías, encontramos estas otras palabras que me ayudan a recordar mi conversión: "Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos" (JER. 15, 16). Isaías nos dice que no hemos de cansarnos de orar, por lo cuál entendemos que tampoco hemos de desistir a la hora de predicar el evangelio: "Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra" (IS. 62, 6-7).
El testimonio de Jeremías es muy digno de tener en cuenta por quienes podemos tener la tentación de dejar de predicar el Evangelio, al sentirnos incomprendidos en nuestro medio social: "Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: antes que te formase en el vientre te conocí (te elegí), y antes que nacieses te santifiqué (te predestiné para que fueras mi siervo), te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová; No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos (no temas ante lo que pensarán de ti tus familiares, tus amigos, tus oyentes ni tus lectores), porque contigo estoy para librarte (y para fortalecerte), dice Jehová" (JER. 1, 4-8).
En el Evangelio de San Juan aparecen unas palabras que todos los predicadores hemos de tener muy en cuenta: ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega (hoy es el día propicio para evangelizar a nuestros prójimos). TY el que siega recibe salario (Dios no dejará sin recompensa a los trabajadores de su viña), y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra (los predicadores) goce juntamente con el que siega (se habla de un sólo sembrador porque todos somos miembros del cuerpo Místico del sembrador por excelencia). Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega (nosotros sembramos y Dios recoge el fruto de nuestro trabajo de evangelizadores) (JN. 4, 35-37).
Cuando le preguntamos a Dios en nuestros ratos de oración: Padre Santo, ¿por qué permites que no nos comprendan aquellos para quienes predicamos tu Palabra? Nuestro Creador nos recuerda las palabras del Apóstol: "Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al señor de gloria" (1 COR. 2, 7-8), así pues, si el mundo conociera la sapiencia de Dios, nadie juzgaría a la Iglesia por los errores que algunos de sus miembros han cometido en el pasado, pues tendrían la sensatez de juzgarnos a todos los cristianos según lo que somos, más allá de los criterios del prestigio, la fama y la riqueza sin los cuales no podemos destacar de ninguna forma en nuestra sociedad como gente de bien.
San Pablo decía: "¡Hay de mí si no anunciare el Evangelio!" (CF. 1 COR. 9, 16). No utilizamos el miedo al infierno para conseguir que los débiles abracen nuestra fe porque sabemos que nosotros sólo tenemos que predicar para que Dios lleva a cabo las conversiones que El crea convenientes, pues el hecho de predicar es muy necesario para nosotros, pues vivimos anhelando la llegada del momento en que nuestro Padre común concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
Los predicadores deseamos imitar a Jesús, de manera que se cumplan en nosotros las palabras de San Pablo: "El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación" (COL. 1, 15). Nosotros queremos ser en el mundo la imagen del Dios invisible, queremos que a través de nuestro ejemplo de vida cristiana el mundo tenga constancia de que Dios existe, de que nuestro Padre común habita en nuestros corazones, y de que ellos deben comprender que nuestro criador no podrá concluir la instauración de su Reino entre nosotros, hasta que le abran sus corazones.
San Pablo le escribió a Timoteo:
"Te encarezco delante de Dios y del señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes (a la conversión) a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio" (2 TIM. 4, 1-5).
Con respecto al hecho de que Dios perdona nuestros pecados, pensamos que los verdaderos cristianos no han de aprovecharse de la misericordia de nuestro Padre común para hacer el mal sabiendo que nuestro Creador no les odiará jamás, de la misma forma que muchos niños que son demasiado consentidos por sus padres, hacen todo tipo de travesuras, porque saben que jamás serán castigados. Por otra parte, si Dios nos castigara eternamente al final de los tiempos sin darnos una nueva oportunidad de corregir nuestra conducta, ello significaría que El es tan imperfecto y cruel como nosotros mismos podemos serlo con quienes son más débiles que nosotros. La doctrina del pecado es muy seria y respetable, así pues, no ha de ser tomada como una representación teatral (me confieso el Jueves Santo y peco después de los actos litúrgicos del viernes Santo), pero tampoco ha de ser utilizada para aumentar los miedos de los débiles ni los complejos de quienes viven obsesionados por causa de su imperfección, o por causa de su real o aparente incapacidad de superar sus dificultades actuales.
2. La oración.
Si a medida que el miedo al infierno desaparece de los creyentes, muchos de ellos, al no temer por la salvación de su alma, dejan de cumplir la Ley, ello significa que, nuestros hermanos, al mismo tiempo que dejan de esforzarse por cumplir los Mandamientos divinos, también dejan de orar, dado que su fe se debilita, aunque no tengan la intención de dejar de creer en nuestro Padre común. Vivimos en un tiempo en que las verdades relacionadas con nuestra fe no son aceptadas por nosotros porque nos las han inculcado desde que éramos pequeños y no sabemos vivir sin pensar en ellas, sino porque creemos que nuestro Padre común se nos ha revelado y ha actuado en nuestra vida en una o en varias situaciones milagrosamente.
Muchos de nuestros hermanos que han perdido -o aún no han adquirido- la costumbre de orar, me escriben preguntándome: ¿Para qué necesitamos orar? ¿Para qué quiere Dios que oremos si El sabe lo que queremos que nos conceda antes de que tengamos esa idea en la mente? San Pablo decía: "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles" (ROM. 8, 26). Dios sabe lo que queremos que El nos conceda, pero nosotros necesitamos que el Espíritu Santo nos guíe a la hora de orar, porque no sabemos lo que queremos. Queremos un coche mejor que el que tenemos actualmente, queremos salir de nuestra rutina, queremos evitar la resolución de algunos de nuestros problemas por miedo al fracaso... Nos es necesario confiarle al Espíritu de Dios el trabajo de ayudarnos a ordenar nuestras ideas para que sepamos lo que nos conviene en cada momento, para que no dejemos de orar pensando que Dios no nos concede lo que le pedimos, pues el dinero y los placeres no lo son todo, y nos es necesario sufrir y aceptar el dolor y la impotencia, para que podamos ser santificados, sin caer en la resignación, al pensar en las dificultades que no podemos resolver actualmente.
San Pablo les escribió a los cristianos de Filipos:
"Cada vez que os recuerdo, doy gracias a mi Dios, y cuando ruego por vosotros, lo hago siempre lleno de alegría. No en vano os habéis afanado conmigo en la difusión del mensaje de salvación desde el primer día hasta hoy. Y estoy seguro de que Dios, que ha comenzado entre vosotros una labor tan excelente, irá dándole cima en espera del día de Cristo Jesús. ¿Acaso no está justificado esto que siento por vosotros? Os llevo muy dentro del corazón, ya que compartís conmigo este privilegio mío de estar preso y de poder defender y consolidar el mensaje de salvación. Testigo de Dios de que el amor a Jesucristo me hace suspirar ardientemente por vosotros. Y ésta es mi oración: que vuestro amor crezca más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podréis discernir lo que mejor convenga, se os encontrará limpios e irreprochables el día de Cristo y estaréis cargados de los frutos de salvación que otorga Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios" (FLP. 1, 3-11).
En el Evangelio de hoy, leemos: "Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan (el Bautista) enseñó a sus discípulos" (LC. 11, 1). Nosotros no sólo queremos hacer las obras que hacía nuestro Señor, así pues, también queremos orar como se dirigía a nuestro Padre común el Hijo de María. San Lucas escribió en su segunda obra que, Jesús, la noche anterior al día en que eligió a sus Apóstoles de entre sus discípulos, "fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios" (CF. LC. 6, 12). El hecho que estamos meditando nos indica que Jesús le consultaba a nuestro Padre común todo lo que debía hacer, sobre todo cuando lo que pensaba llevar a cabo era acciones importantes, como la elección de aquellos de sus seguidores que habían de ayudarlo a propagar el Evangelio entre todos los que aceptaban la buena nueva de la salvación.
Jesús nos da a entender que el hecho de orar es muy serio, así pues, cuando nuestro señor purificó el Templo de Jerusalén, les dijo a los mercaderes: "Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones" (LC. 19, 46). Isaías escribió con respecto al hecho de que la casa de Dios (los templos y nuestros cuerpos) ha de ser una casa de oración: "Así dijo Jehová: Guardad derecho, y haced justicia; porque cercana está mi salvación para venir, y mi justicia para manifestarse. Bienaventurado el hombre que hace esto, y el hijo de hombre que lo abraza; que guarda el día de reposo para no profanarlo, y que guarda su mano de hacer todo mal. Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará Jehová totalmente de su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco. Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá. Y a los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos" (IS. 56, 1-7). Por su parte, Jeremías, con respecto a que la casa de oración de Dios fue convertida en una cueva de ladrones, escribió: "He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿ES cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice Jehová" (JER. 7, 8-11).
Oremos teniendo presentes las palabras de San Pablo: "En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora, injertados en Cristo, sois luz. Portaos como quienes pertenecen al reino de la luz, cuyos frutos son la bondad, la rectitud y la verdad. Procurad ver claramente lo que agrada al Señor y no toméis parte en las estériles acciones de quienes pertenecen al reino de las tinieblas; desenmascaradlas más bien" (EF. 5, 8-11). Oremos actuando como verdaderos hijos de Dios, como buenos cristianos que desean alcanzar la salvación. Amén.