Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Lucas, 12, 32-48.

Homilía:

Los administradores prudentes.

1. velad.

Hace varios años tuve la oportunidad de asistir a una charla que nos fue impartida a un grupo de quince desempleados que buscábamos trabajo, con el fin de que nos dispusiéramos a vender un producto supuestamente milagroso elaborado especialmente para que quienes tenían un gran peso corporal perdieran muchos kilos en cuestión de poco tiempo por arte de magia. Por mi parte, yo, para no dejar de ser fiel a mi costumbre de ser malpensado (irónicamente hablando, la vida me ha enseñado a ser desconfiado), interrumpí al comercial que nos estaba impartiendo la citada charla para preguntarle sobre lo que podía ocurrir si se diera el caso de que aquel producto milagroso provocara la intoxicación de alguno de nuestros clientes por cualquier causa. En cuestión de escasos minutos se produjeron varias reacciones. Algunos de mis compañeros creyeron que yo era muy exagerado, dado que los componentes del citado producto eran, en parte, naturales, otros me dieron la razón, y el comercial pasó un buen rato hablándonos de la seguridad que tendrían nuestros clientes de no correr ningún peligro, y la satisfacción que supondría para ellos el hecho de perder mucho peso. Al final de la citada exposición, sólo una mujer se ofreció a vender el producto milagroso. Os he contado esta anécdota tan simpática porque vivimos marcados por el hecho de adelantar el futuro y agobiados por causa de la gran cantidad de deberes que tenemos pendientes. Cuando éramos pequeños, nuestros padres se esforzaron por educarnos, con el fin de que pudiéramos defendernos en este mundo tan complicado en que vivimos, cuando alcanzáramos la edad adulta. Por otra parte, vivimos con varios meses de adelanto, así pues, por citar un ejemplo, yo hago casi todas las compras de Navidad entre la primavera y el verano, ya que ello me ayuda a adquirir muchas cosas por menos dinero del que invertiría en las mismas a partir del mes de octubre. Yo no soy el único que vivo atrapado en la visión del futuro, así pues, los españoles podemos comprar la ropa que vamos a utilizar en pleno invierno a partir del mes de Julio, pues la tenemos en los centros comerciales a precios asequibles, ya que no nos gusta comprar esas prendas de vestir cuando el calor nos agobia. Hace algunos días me dijo un representante de una empresa de juego: "En esta vida no podemos darnos el lujo de desperdiciar la posibilidad de ganar un céntimo". Nuestra vida está enfocada a satisfacer nuestras carencias y las necesidades de nuestros familiares, así pues, desde la concepción de la sociedad que nos ha forzado a encerrarnos en un caparazón del que no podemos permitirnos salir fácilmente, no es comprensible nuestra creencia en el Reino de Dios, no sólo porque la existencia de nuestro criador no se puede demostrar a nivel científico, sino porque nos cuesta aceptar el hecho de que todos somos iguales y debemos tener las mismas oportunidades de beneficiarnos en todos los aspectos de la vida, pero, a pesar de la citada creencia, Jesús no deja de intentar fortalecer nuestra fe, para que nuestro corazón esté dispuesto a recibirlo cuando acontezca su Parusía o segunda venida, al final de los tiempos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas" (LC. 12, 35). Nuestro Señor nos dice que nos revistamos de los dones y de las virtudes divinos para que estemos dispuestos a recibirlos cuando acontezca su Parusía. Con respecto a las lámparas de las que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy, leemos en la obra de San Mateo:
"Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo (en el tiempo en que vivió nuestro Señor, en cada ocasión que se celebraba una boda, la novia era acompañada por sus amigas portando lámparas encendidas, hasta que ella misma era llevada por su marido al lecho nupcial). Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite (quienes obedecen a Dios pensando en quedar bien o en su salvación, descuidan el cumplimiento de la Ley, pensando que Dios nunca les pedirá cuenta de sus obras); mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan (el día del juicio universal, no faltarán quienes deseen salvarse ateniéndose a las buenas obras de los santos, pues ellos no tendrán ninguna obra hecha por amor de Dios en servicio de sus prójimos). Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas (no podéis salvaros por mediación de nuestras obras, pues cada cuál ha trabajado para condenarse o para salvarse). Pero mientras ellas iban a comprar (mientras intentaban hacer el bien para justificar su merecimiento de la salvación), vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él en las bodas; y se cerró la puerta (sólo tendremos una oportunidad para ser salvos, después de que Dios haya enjuiciado a la humanidad). Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: DE cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir" (MT. 25, 1-13).
San Lucas escribió en su segunda obra: "Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a Jerusalén. Y alguien le dijo: señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos por entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta (después de que acontezca la conclusión de la instauración del Reino de Dios entre nosotros), y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste; pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad" (LC. 13, 22-27).
"Y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas (trabajad pensando que Dios vendrá a vuestro encuentro en cualquier momento), para que cuando llegue y llame, le abran en seguida" (LC. 12, 36).
San Marcos escribió en su volumen bíblico: "Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad" (MC. 13, 33-37).
"Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles" (LC. 12, 37). Jesús le dijo a San Pedro durante la celebración de la última cena cuando éste se negó a que nuestro Maestro le lavara los pies: "Si no me dejas que te lave los pies, no podrás seguir contándote entre los míos" (JN. 13, 8). Jesús se vestirá como un siervo nuevamente cuando venga a nuestro encuentro por segunda vez, y hará con nosotros lo único que El sabe hacer por humildad, es decir, salvarnos, seguir sirviéndonos, seguir luchando contra nuestra debilidad hasta que venza nuestra fragilidad.
"Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son aquellos siervos. Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría minar su casa. Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del hombre vendrá" (LC. 12, 38-40).

2. Siervos fieles y siervos infieles.

"Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzara a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles. Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco. Porque todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá" (LC. 12, 41-48).