Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas 19, 1-10.
Homilía:
1. Zaqueo.
Imaginemos, queridos hermanos y amigos, que caminamos hacia nuestro lugar de trabajo en medio de una gran multitud, y que, delante de nosotros, aparece un hombre que nos dice: -¿Dónde vais? ¡Esta noche cenaré en vuestra casa!. ¿Qué pensaríamos si nos sucediera nuestro caso imaginario? ¿De qué nos conocería ese hombre para querer comer en nuestra casa? El caso es que nuestro personaje viste una túnica tejida de una sola pieza, así pues, no parece que sea un mendigo. ¿Cómo es posible que este hombre quiera intimar con nosotros para atreverse a pedirnos sentarse a nuestra mesa sin estimar la posibilidad de que nos deshagamos de él? Esto es, pues, lo que precisamente le sucedió a Zaqueo. El estaba ejerciendo su trabajo de cobrador de impuestos cuando escuchó que la gente decía que Jesús de Nazaret iba a pasar por aquel lugar. Como nuestro simpático publicano era de baja estatura y la gente se aglutinaba para ver al Señor, tuvo la ocurrencia de subirse a una higuera para ver al Mesías por un momento. Algo más que la simple curiosidad debía mover a Zaqueo para que no pensara en sentirse humillado cuando la gente empezara a reírse de él al verlo tan pequeñito y encaramado a la higuera. Apenas Jesús levantó la cabeza y lo vio subido en el árbol, le dijo que descendiera rápido y lo tuviera todo listo, porque, aquella noche, él iba a cenar en su casa.
Zaqueo se sintió muy contento al encontrar a un hombre que, sin ser de su condición social, se atrevió a cometer la osadía de no rechazarlo. Durante la cena, algunos Apóstoles se sintieron incómodos al comer con aquel pecador, pero, de todas formas, Jesús los tenía acostumbrados a los doce a codearse con gente de mala reputación. Jesús habló con Zaqueo y, después de cenar, nuestro Señor se sintió satisfecho de constatar que, el nombre de aquel recaudador de impuestos, estaba inscrito en el libro de la vida, un gigantesco tomo que hay en el cielo en el que están registrados con letras mayúsculas y grandes los nombres de todos los que gozaremos al vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios.
Jesús era un hombre que tenía una mentalidad muy abierta, así pues, él gozaba al relacionarse con gente de todos los estamentos sociales. Me da mucha pena ver a quienes sienten miedo de contemplar a quienes están mal vestidos porque creen que les van a robar. No me da pena de los pobres a este respecto, sino de quienes se han construido un caparazón con unos cuantos bienes caducos que ni siquiera les sirve para protegerse del golpe más insignificante que puedan recibir.
2. Dios nos ama a todos.
El pasado día uno celebramos la Solemnidad de todos los Santos. Sé que cuando hablamos de los Santos se nos vienen a la mente las vidas ejemplares de los héroes que han sido reconocidos por la Iglesia como perfectísimos siervos de Dios a los que ni podemos ni quizá queremos imitar, por causa de nuestra humana debilidad y porque no tenemos la paciencia que nos es necesaria para perfeccionarnos tanto como lo hicieron ellos. El pasado viernes, cuando hice una pequeña compra en un supermercado antes de las nueve de la noche, vi cómo una señora se cargaba de bolsas de comida y estaba muy contenta porque iba a empezar a vivir a tope el fin de semana. Estoy acostumbrado a ver a la gente marcada por el agobio y la prisa, así pues, el ver aquella señora sonriendo me gustó mucho. Los Santos que celebramos el pasado día uno no son únicamente los que están en los altares de las Iglesias, sino los buenos cristianos religiosos y de a pie que, aunque quizá no son recordados por nadie, no han sido olvidados por nuestro Padre común.
Al meditar la historia del jefe de publicanos Zaqueo, se me ocurre pensar que nuestro Padre común nos ama a todos. En ciertas ocasiones me encuentro con gente que se cree perfecta y que margina a quienes no aceptan sus planteamientos. Nunca olvidaré una calurosa tarde de Domingo en la que asistí a una celebración eucarística, y le oí decir al celebrante en la homilía que pronunció: “Da pena decirlo, pero nosotros sabemos que los pecadores irán al infierno, y que nosotros, los que estamos celebrando la Eucaristía, seremos libres de ser condenados, porque creemos en Dios”. Independientemente de que creamos en la existencia del infierno, si Dios que tiene poder para castigarnos nos da las oportunidades que necesitamos para arrepentirnos de los pecados que cometemos, nosotros hemos de imitar a nuestro Padre común. Zaqueo era jefe de recaudadores de impuestos, así pues, cuando hablamos de su baja estatura, no sabemos si el Evangelista se refería a la moralidad del coprotagonista de esta historia o a la estatura física del mismo.
Quienes creen que serán salvos por causa de su escrupuloso cumplimiento de la Ley y no por causa del amor de Dios, corren el peligro de creer que se merecen el don de vivir en la presencia de nuestro Padre común, como si la dignidad de hijos de Dios pudiera ser comprada o cambiada por el ejercicio de la misericordia. No debemos creer bajo ningún concepto que tenemos poder para conquistar la salvación, pues nuestra futura vivencia en la presencia de nuestro Padre común depende de su amor para con nosotros, lo cuál no nos impide servirlo en nuestros prójimos para agradecerle el bien que nos ha hecho.
Seguro que muchos de los que vieron cómo Jesús se dirigió a Zaqueo cuando este estaba subido en la higuera se escandalizaron. Yo recuerdo cómo muchos españoles, durante los años de mi infancia, no veían la drogadicción como una enfermedad, sino como un paso que muchos daban para convertirse en ladrones que debían ser castigados inmisericordemente. El pasaje evangélico que estamos meditando también me recuerda mis eternas discusiones con hermanos cristianos no católicos que quieren llevarme junto a sus hermanos de fe y para ello lo único que saben hacer, en vez de convencerme de la realidad de su verdad con la Biblia en la mano, es desprestigiarnos a los hijos de la Iglesia. En el Evangelio que estamos meditando, vemos cómo Jesús dejó a los supuestos puritanos haciendo lo que querían, es decir, juzgando a su prójimo con tal de no reconocer sus pecados, y buscó a la oveja perdida, porque Zaqueo, al vivir al margen del amor de los hombres, necesitaba ser amado por Dios.
La historia del principio de la conversión de Zaqueo terminó con un banquete. Ello no podía suceder de otra manera porque, como Jesús no tenía una vivienda en la que celebrar aquel acontecimiento, tuvo que familiarizarse con zaqueo, para celebrar la nueva conversión en la casa del nuevo cristiano. Esta historia tenía que terminar con un banquete porque, los que siempre estamos sentados frente a la TV no aprendemos lo útil que es para nosotros hablar con quienes viven bajo nuestro techo, pues tanto ellos como nosotros tenemos problemas y alegrías que compartir unos con otros.
Pensemos que el amor de Dios no se vislumbró sobre Zaqueo cuando este aceptó el mensaje de Jesús, sino cuando aún era considerado como un pecador. Si Zaqueo no hubiera sido amado por Dios cuando era pecador, Jesús no hubiera tenido necesidad de acercarse a él. Si nosotros no hubiéramos sido amados por Dios antes de que Jesús hubiera sido ejecutado para redimirnos, nuestro Padre común, marcado por el odio hacia los transgresores de su Ley, lógicamente, no hubiera permitido la muerte de su Hijo para que sus enemigos alcanzaran la salvación. Si por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, no es necesario que seamos bautizados para que El nos empiece a amar, aunque nos bautizamos porque queremos significar con ello que somos hijos de nuestro criador y miembros de su Iglesia.