Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Lucas 20, 27-38.

Homilía:

La realidad de la resurrección.

Estimados hermanos y amigos:

En esta nueva ocasión que nuestro Padre y Dios me ha dado para dirigirme a vosotros, deseo proponeros en conformidad con los textos bíblicos correspondientes a la Liturgia de hoy, que meditemos en torno a un tema muy polémico, de hecho, muchos que se dicen creyentes, lo rechazan, porque no pueden demostrar científicamente su existencia. Cuando restan tres semanas para que concluyamos este ciclo litúrgico, es necesario que meditemos sobre la resurrección de los muertos, dado que nos es preciso creer que Jesús volverá a nuestro encuentro, al final de los tiempos, a exterminar definitivamente nuestras miserias actuales, y a concluir la instauración del Reino de Dios en el mundo. Sé que no sólo entre quienes rechazan nuestra fe, sino que entre los cristianos, no faltan quienes creen que nosotros nos aferramos a la resurrección por miedo a la muerte o porque tenemos mucha imaginación y deseamos utilizar la resurrección para evitar el hecho de pensar en nuestros problemas.

Para creer en la resurrección de los muertos, debemos evitar el miedo a la muerte, y el hecho de ver la misma como la continuación de una vida marcada por nuestras actuales miserias, dado que, según veremos al meditar el Evangelio de hoy, nuestra vida en la presencia de Dios será muy diferente a nuestra existencia actual, así pues, no pensemos en la posibilidad de abrazar una vida placentera más allá de nuestras dificultades actuales, porque nuestra fe no es una utopía que puede ayudarnos a soportar el tedio que puede producirnos nuestra situación actual, sino la contemplación de una realidad que esperamos vivir plenamente.

A lo largo de los más de cinco años que he trabajado difundiendo la Palabra de Dios en la red de redes, he recibido algunos correos electrónicos cuyos autores me han hecho la siguiente pregunta: “¿Por qué nos afanamos en esta vida sabiendo que vamos a morir irremediablemente?”. Es cierto que nuestra existencia es muy limitada, pero ello no debe entristecernos, si pensamos que nos aguarda una vida caracterizada por la felicidad más allá de la muerte.

Veamos brevemente el Evangelio de hoy. Para comprender el citado texto lucano nos es necesario conocer el siguiente fragmento de la ley del levirato:

“Cuando hermanos habitaren juntos, y muriere alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco. Y el primogénito que ella diere a luz sucederá en el nombre de su hermano muerto, para que el nombre de éste no sea borrado de Israel. Y si el hombre no quisiere tomar a su cuñada, irá entonces su cuñada a la puerta, a los ancianos, y dirá: Mi cuñado no quiere suscitar nombre en Israel a su hermano; no quiere emparentar conmigo. Entonces los ancianos de aquella ciudad lo harán venir, y hablarán con él (para convencerlo a fin de que acepte a su cuñada como esposa); y si él se levantare y dijere: No quiero tomarla, se acercará entonces su cuñada a él delante de los ancianos, y le quitará el calzado del pie (para humillarlo por su pecado de no suscitarle un descendiente a su hermano muerto), y le escupirá en el rostro, y hablará y dirá: Así será hecho al varón que no quiere edificar la casa de su hermano. Y se le dará este nombre en Israel: La casa del descalzado” (DT. 25, 5-10).

Los saduceos rechazaban la Ley oral que era de trascendental importancia para los fariseos, así pues, cuando le plantearon a nuestro Hermano y Señor la cuestión de la mujer que enviudó y se casó con sus seis cuñados, pretendieron burlarse del Hijo de María y de sus adversarios, pues ellos estaban en contra de la democratización que promovían los fariseos, dado que ello debilitaba el poder de los citados grandes sacerdotes que se mostraban distantes del pueblo y mantenían su privilegiada posición social amparados por el poder de las autoridades romanas.

“Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Los hijos de este siglo (quienes viven en este tiempo) se casan, y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo (la salvación) y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento” (LC. 20, 34-35). Dado que el matrimonio es un contrato civil y religioso constituido por Dios para que los hombres y las mujeres solventemos los unos las carencias de los otros y eduquemos a nuestros hijos, y dado que en el Reino de Dios no tendremos dificultades ni nos reproduciremos, no nos será necesario casarnos.

“Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (LC. 20, 36). Cuando vivamos en la presencia de nuestro Padre común seremos semejantes a los ángeles en términos espirituales, dado que, a diferencia de los citados siervos de Dios, nosotros mantendremos cuerpos espirituales, es decir, no viviremos dependiendo de nuestras necesidades actuales, dado que nuestras envolturas carnales serán movidas por nuestros espíritus.

“Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza (en el tiempo en que la resurrección no era tan aceptada como en nuestro tiempo ni mucho menos), cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob (indicando que los grandes Patriarcas de Israel vivían espiritualmente, no estaban muertos y por tanto seguían siendo amados por Dios). Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Respondiéndole algunos de los escribas (formadores de los fariseos, intérpretes de la Ley), dijeron: Maestro, bien has dicho” (LC. 20, 37-39).

San Pablo les escribió a los Tesalonicenses sobre la resurrección de los muertos y la venida de Jesús:

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él (siendo creyentes en El). Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos (creyentes) en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos (resucitaremos si nos ha dado tiempo a morir), los que hallamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (San Pablo creyó durante cierto tiempo que el mundo estaba a punto de acabarse y que el Reino de Dios estaba a punto de ser instaurado definitivamente) (1 TES. 4, 13-17). “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos (moriremos); pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto (el cuerpo) corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 COR. 15, 51-53).

“Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras. Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones (escatológicos), no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; y que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos (quienes no estén preparados para que sea concluida su redención) destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día (hijos de Dios y de su verdad); no somos de la noche (la confusión) ni de las tinieblas (el demonio). Por tanto, no durmamos como los demás (incrédulos), sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de la salvación como yelmo” (1 TES. 4-18, 5-8).

Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra celestial Mediadora que le siga pidiendo a nuestro Padre común que nos conduzca a su presencia junto a ella y a nuestros familiares y amigos queridos, los cuales, o durmieron en la esperanza de alcanzar la vida eterna, o murieron sin fe, pero nosotros anhelamos su salvación.

Que el Dios de la misericordia os bendiga.