Miércoles de ceniza, Ciclo A (Mt. 6, 1-6. 16-18).

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. Durante el Adviento, la Navidad y las semanas del tiempo ordinario que hemos vivido desde que comenzamos el presente año litúrgico el pasado 28 de noviembre, hemos visto cómo nuestro Padre y Dios desea acercarse a nosotros, así pues, durante la Cuaresma, mientras que nuestro Padre común nos demostrará su amor hasta el extremo de permitir la muerte de su Hijo por nuestra salvación durante el Triduo de Pascua, nosotros empezaremos a ejercitar los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, para vivir en la presencia de nuestro Padre común. Jesús y María serán nuestros Maestros a la hora de afrontar y confrontar los ayunos y otros sacrificios que llevaremos a cabo durante las siguientes semanas, pues, el dolor que caracterizó parte de su existencia mortal, nos ayudará a comprender que Dios se manifiesta en nuestra vida, para hacernos creer que él no nos ha abandonado. Creo que el siguiente texto que os voy a enviar, que hace varios años me sirvió para exponer la

forma en que hemos de superar nuestra adversidad, nos será muy útil, pues nos hará recordar que podemos vencer la citada adversidad, porque, nuestro Padre común, está con nosotros.

"Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa" (Salmo 51, 3) El próximo Domingo empezaremos a celebrar una vez más la Semana Santa o de Pasión. La incredulidad que profeso con respecto al infierno no ha de servirme como excusa para ampararme en el amor de Dios y esquibar la posibilidad de meditar las trágicas consecuencias del error y el pecado... Yo me voy a limitar a enviaros una serie de comentarios del Salmo 51 dada la importancia que este texto bíblico tiene durante la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de Resurrección...

¿Por qué compuso David el Salmo 51? Todos sabemos que David se enamoró de Betsabé, una mujer que estaba casada con un pastor de ovejas que se llamaba Urías. Como David sentía un fuerte deseo de tener a Betsabé entre sus mujeres, el rey ordenó que Urías fuese enviado a la guerra y fuera colocado en primera línea de combate para así acabar con su vida y apoderarse de su esposa y sus mínimas pertenencias. En aquel tiempo, el Profeta Natán, inspirado por el Espíritu Santo, le contó al rey una historia, cuyo protagonista, era un pastor de ovejas, a quien un rico avaro, le había arrebatado su posesión más preciada, su cordera más querida. David montó en cólera al conocer aquella historia, y, cuando estaba a punto de ordenarles a sus soldados que asesinaran a aquel malhechor injusto, el Profeta le dijo que él era el rico avaro, Urías el pastor desgraciado, y, Betsabé, la oveja robada injustamente. En aquel tiempo, Betsabé estaba embarazada del rey, y, para que éste comprendiera la

gravedad de su delito, Dios le dijo que el hijo que nacería de aquella relación incestuosa, moriría irremisiblemente. Cuando David conoció la desgracia que había de sobrevenirle, empezó a hacer penitencia, pero ya era tarde para que aquel que hizo que el corazón de Urías fuese atravesado por una flecha, pudiera evitar recibir un golpe letal en su alma de padre amante.

El texto del II libro de Samuel que estamos meditando es muy útil para quienes en ciertas ocasiones se han sentido asediados por sus propios pecados independientemente de lo mucho o poco conscientes que esas personas hayan sido a la hora de pecar. Nosotros tenemos un gran defecto, pretendemos paliar las injusticias castigando severamente a quienes son o tildamos de culpables de cometer tales actos. La culpabilidad existe, pero ha de ser mitigada razonablemente en un entorno social apto para ello. Os digo algo más, hasta la culpabilidad de quienes derraman un poco de agua porque tiemblan ha de ser corregida, no castigada, pues todos intentamos pasar por el mundo cometiendo el menor número de fallos posibles, aunque muchas veces no podamos evitar el hecho de errar, porque, simplemente, somos humanos.

¿Cómo se sienten los pecadores? (Salmo 22, 7-8. 13-18). Es importante el hecho de controlar los sentimientos de culpabilidad, no sirve de nada dejarnos torturar por nuestros propios sentimientos de culpabilidad. En cierta forma, tiene sentido el hecho de que, en circunstancias especiales, nos torturen las personas de alguna forma, pero es totalmente inverosímil el hecho de que seamos nosotros quienes nos echemos tierra encima.

¿Qué tienen que hacer los pecadores cuando están desesperados? (Salmo 31, 6; Salmo 51, 4-6) Es cierto que todos tenemos que reconocer nuestros pecados independientemente de lo graves que esas obras, pensamientos, palabras u omisiones puedan ser, pero ese reconocimiento, tiene que estar marcado por la confianza que siempre ha caracterizado las relaciones afectivas que han existido entre Dios y los hombres.

¿Qué tenemos que hacer cuando reconocemos nuestros pecados y nos concienciamos de que Dios no desea castigarnos? ¿Qué haremos cuando nos concienciemos de que nuestro Padre y Dios desea ayudarnos a comprender y a amar a nuestros prójimos? "Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduria" (Salmo 51, 8) Muchas veces tenemos la tendencia de quedarnos estancados contemplando una circunstancia desagradable, porque nos sentimos incapaces de superar ese momento adverso. Alejandro tuvo un accidente de tráfico hace seis años en el cuál perdieron su vida su mujer y su hija de 6 años. Desde que aconteció aquel trágico suceso, nuestro amigo se ha sentido idcapacitado para conducir su coche. Yo mismo estuve sumido durante varios meses en un inmobilismo mental cuando tenía once años y experimenté la muerte de mi hermana Lucía. En estos casos no estoy hablando de pecados, más bien, hablo de miedo e impotencia, pero, esas circunstancias son tan dañinas como los pecados,

si no las superamos, porque, nosotros mismos, con nuestra actitud negativa, nos privamos del placer de afrontar nuestra vida con sus acritudes y alegrías. Sabemos que Dios no castiga la culpabilidad del modo que se impone una multa. Sabemos que los castigos de Dios no tienen como propósito final nuestro exterminio (Apoc. 3, 17) ¿A qué esperamos para superarnos en conformidad con nuestras muchas o pocas posibilidades de salir adelante¿...

Concluyamos esta meditación cuya pretensión es introducirnos en la celebración del Misterio pascual, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos haga semejantes a los juncos que se doblan en la dirección que sopla el viento, pero que no pueden ser arrancados del suelo fácilmente. Nuestras penas nos doblarán en todas las direcciones, pero nuestra fe, amor y convicción son inconmovibles. Amén" (José Portillo Pérez, 8-04-2003, Martes V de Cuaresma, meditación del Evangelio diario).

Estimados lectores:

En la meditación de ayer empezamos a considerar el Salmo 51, uno de los textos de la Biblia en el que más se destaca la súplica desesperada y la confianza que hemos de tener en el amor de nuestro Padre y Dios.

Ayer meditamos sobre nuestra necesidad de reconocer nuestros pecados, los sentimientos que albergamos antes, durante y después de reconocernos culpables de nuestros pecados, y la confianza que debemos depositar en nuestro Padre y Dios. Continuaremos hoy nuestra meditación, centrándonos en el preciso instante en que nos ponemos en presencia de Dios, y le confesamos al Padre nuestra culpa, se lo decimos todo a Dios, y no le ocultamos absolutamente nada, no porque él lo ve todo, sino porque él nos ama, y no tenemos miedo ni vergüenza de la reacción que nuestro relato provocará en nuestro Padre común (ni en el sacerdote confesor). Para confesarnos ante Dios o sus sacerdotes, no tenemos que elaborar una minuciosa lista de acusaciones contra nosotros, Dios se conforma con que le contemos a él o a sus sacerdotes lo que recordemos en el momento de la confesión. A Dios, más que nuestro relato, le importa nuestro deseo sincero de arrepentirnos de nuestros pecados, y nuestro propósito

de corregir nuestros defectos, según nuestras posibilidades, y la medida de nuestra fe, con respecto a los dones y virtudes que hemos recibido de nuestro Padre común.

¿Con qué propósito le confesamos a Dios nuestros pecados? (Salmo 51, 9-11) Le pedimos a Dios que nos ayude a esforzarnos a sentirnos absueltos de nuestras culpas, por consiguiente, si nos sirve de algo, podemos acogernos al apoyo emotivo que nos prestan los sacramentales como lo es por ejemplo el agua bendita.

"Anúnciame el gozo y la alegría -dice el Salmista-, que se alegren los huesos quebrantados" (Salmo 51, 10) Padre nuestro de la vida, anúncianos el gozo y la alegría de que nuestros miedos son absurdos. Ayúdanos a entender que perdemos el tiempo temiendo que las copas apocalípticas de tu ira caigan sobre nosotros. No confundamos la ficción con la realidad.

"Aparta de mi pecado tu vista, borra de mí toda culpa" (Salmo 51, 11) Por favor, vamos a intentar remediar nuestros defectos, pero vamos a evitar también que los sentimientos negativos nos induzcan a considerarnos poca cosa. Ha pasado el tiempo de la culpabilidad. Ahora estamos viviendo el tiempo de la gracia y la salvación con que Dios nos concede su amor a sus hijos los hombres (2 Cor., 6, 2)

"Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Salmo 51, 12) Si me siento fuerte, soy fuerte, si me siento débil, soy débil. El secreto del éxito permanece encerrado en nuestra mente, la clave de ese secreto está encerrada en estas palabras de San Pablo (Ef. 4, 23-24)

¿Qué tenemos que hacer desde el momento en que recuperamos el ánimo al sentirnos perdonados por Dios? (Salmo 51, 15)

Concluyamos esta meditación del Salmo 51, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser fuertes, porque él es fuerte, pues queremos ser Santos, porque Dios es Santo (1 P., 1, 16) (José Portillo Pérez, 9-04-2003, Miércoles V de Cuaresma).

"(Salmo 51, 17. ¡Qué hermoso es empezar a rezar la Liturgia de las horas con las palabras del Salmo 51 que encabezan esta meditación! Esas palabras me conceden una fuerza tan poderosa, que, cada vez que las pronuncio, empiezo a hablar de Dios y sus Santos y me es imposible callarme. Esas palabras no sólo son un bálsamo que utilizo para predicar, de hecho, yo suelo decir: Señor, ayúdame a ser fuerte, y te alabaré con mi trabajo. Señor, ayúdame a no desanimarme, y Trigo de Dios seguirá en la red por muchos años. Señor, ábreme el corazón, y te alabaré esforzándome para que creyentes y no creyentes sepan algo de ti. Señor, ábreme el corazón, y seré un buen esposo para esa mujer que tanto amo. Señor, ábreme el corazón, y te alabaré hasta con la risa que me producen mis dificultades diarias.

(Salmo 51, 18-19) Señor, tú no quieres sacrificios y mortificaciones simbólicas. A ti no te sirve de nada mi ayuno. Si soy hipócrita, puedes aborrecer mi abstinencia en actitud orante. Tú sólo quieres que yo haga mi papel en esta vida, utilizando en cada momento todos los recursos que tú me has concedido, para que yo sea un actor bueno e imprescindible en la película de mi vida.

(Versículos 20 y 21) Acabamos en este párrafo el comentario al Salmo 51. Hemos pensado en nuestros errores, hemos meditado cuáles son las causas que nos inducen a pecar, nos hemos confesado después de hacer un acto de contrición, nos hemos confesado porque nos dolía el alma, y, cuando nos sentimos perdonados por Dios, cuando hemos recuperado la confianza en nosotros y en el Dios que tanto nos ama, empezamos a trabajar para que nuestro Padre celestial nos ayude a convertir al mundo de los no creyentes al Evangelio.

Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a tener un espíritu renovado y firme en nuestras convicciones cristianas" (José Portillo Pérez, 10-04-2003, Jueves V de Cuaresma, Meditación del Evangelio diario).

2. Durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos recomienda que ayunemos y nos abstengamos de comer carne y productos lácteos los días: Miércoles de Ceniza, todos los viernes de Cuaresma, y el Viernes Santo. La Iglesia obliga a asumir estas disposiciones a todos los mayores de 7 años que no sobrepasen los 61 años de edad, aunque muchos de nuestros mayores, por amor a la tradición sacrificial de este tiempo, seguirán sometiéndose a la citada práctica. Supuestamente, el dinero que deberíamos gastar en comer los productos de que la Iglesia quiere que nos abstengamos, debería ser destinado a socorrer a los necesitados de dádivas materiales y espirituales. El ayuno y la abstinencia nos recuerdan que somos débiles, y que, por causa de nuestra fragilidad, hemos de esforzarnos para vivir en la presencia de nuestro Padre común. Los judíos ayunaban para pedirle a Dios que los socorriera en sus necesidades. El más importante de los Profetas mayores nos dice: "Al extender vosotros

vuestras almas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos -dice Yahveh-: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán" (Is. 1, 15-18). Más adelante, el Profeta nos sigue diciendo en nombre de los penitentes que creen que se lo merecen todo e ignoran el significado de la palabra misericordia: "¿Por qué ayunamos (Señor), si tú no nos ves? ¿Para qué nos humillamos, si tú no lo sabes? -Es que en el día en que ayunábais (les responde Dios), buscábais vuestro negocio y explotábais a todos vuestros trabajadores" (Is. 58, 3). Abstengámonos de no practicar la caridad. Abstengámonos de descargar la

acumulación de nuestra negatividad injustamente contra nuestros familiares y amigos queridos. "Felices los misericordiosos -nos dice San Mateo en el episodio de las Bienaventuranzas-, porque Dios tendrá misericordia de ellos" (Mt. 5, 7). Jesús les dijo a sus opositores fariseos cuando se encaró abiertamente con ellos en el Templo de Jerusalén: "-¡Hay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que ofrecéis a Dios el diezmo de la menta, del anís y el comino, pero no os ocupáis de lo más importante de la Ley, que es la justicia, la misericordia y la fe! Esto último es lo que deberíais hacer, aunque sin dejar de cumplir también lo otro" (Mt. 23, 23). Respeto a quienes se encierran escondiéndose del mundo porque creen que con ello contribuirán a salvar al mundo de una ira que no puedo reconocer en Dios, simplemente, porque él es demasiado inteligente para dejarse cegar por los signos de nuestra humana imperfección. Respeto a quienes pasan hambre y sed porque creen que

con ello salvarán sus almas, aunque no caen en la cuenta de que sus sacrificios son egoístas, porque los llevan a cabo a cambio de recibir un premio, por lo que no se sacrifican exclusivamente para agradar al Dios que no debe alegrarse de nuestras carencias. Jesús decía: "-¿Pueden los invitados a una boda ayunar mientras el novio está con ellos¿" (Mc. 2, 19). Jesús es el Cordero de Dios que se casará con su esposa la humanidad, así pues, siendo el novio Señor de la riqueza del mundo, ¿para qué vamos a ayunar? Respeto a quienes se azotan para salvar al mundo, aunque a Dios no deben gustarle las torturas, pues bastantes problemas tienen quienes no los desean, y bastante sufre el Espíritu al ver que se azotan quienes, en vez de dejarse llenar el corazón de gracia divina, no ven la bondad de Dios, porque están demasiado ocupados en desagraviar los pecados que nuestro Padre común les perdonó, por lo cuál, sin considerarlos enemigos, dejó que su Hijo muriera crucificado, para que

ellos, precisamente, confiaran plenamente en él. Respeto, pero no comprendo, a quienes se mortifican, a quienes andan llorando afanados en compadecerse de Jesús en su Pasión, ignorando el dolor real del Señor, que, más allá del relato o recuerdo bíblico, perdura en los cristos vivos, en los que sufren, en muchos de los que habéis tenido paciencia para llegar a esta parte de este e-mail sin pulsar alt más f4 y la tecla supr de vuestro ordenador o computador. Admiro profundamente a esos cristos vivos que son capaces de abarcar todo el dolor del mundo abrazando a los enfermos, curando a los que pueden devolverles la salud, saciando a los hambrientos, y, consolando a los afligidos. Sin la pretensión de ofender a quienes no compartan mis creencias, yo quiero ser de estos últimos, aunque, para un ciego, seguro que es más fácil rezar un Padre nuestro de higos a brevas, e intentar tranquilizarse la conciencia, porque, a fin de cuentas, él no puede hacer más que Dios. Antes de ser así,

¡qué un mal tiro me parta la cabeza¡.

3. La Cuaresma es tiempo de conversión, pero, para no extenderme demasiado en esta meditación, os invito a considerar brevemente el significado de la ceniza que, dentro de unos minutos, se nos impondrá en la frente o en la cabeza. La ceniza que se utilizará a continuación, fue obtenida al quemar las ramas que utilizamos en la Eucaristía del Domingo de Ramos del año anterior, que todos guardamos en nuestras casas, como símbolos del martirio y la victoria de Jesús, y signo de nuestros fracasos y la fuerza que Dios nos da para vencer nuestras dificultades. Al convertir las citadas ramas en cenizas, consideramos que somos frágiles, que moriremos, y, por ello, esperamos que Dios nos conceda la vida eterna, así pues, cuando en el Evangelio de hoy Jesús nos habla de la recompensa de los hipócritas, nos dice que ellos sentirán con respecto a sí mismos el falso desprecio con que creen que los demás los odian.