Solemnidad del Corpus Christi
Juan 6, 51-58
Autor: Sr. Cardenal Julio Terrazas Sandoval, CSsR
Arquidiócesis de Santa Cruz, Bolivia
Hermanos y Hermanas: Esta es la fiesta de Dios. Así se llama en algunos países la Fiesta del Corpus Christi: “La Fiesta de Dios”.
De ese Dios que está caminando con nosotros, ese Dios que quiere ser cada vez más el alimento para que tengamos fuerza en nuestras vidas y ser también el agua de vida que mantenga nuestros corazones y nuestro espíritu con la frescura de un Dios que no se cansa de perdonar, con la ternura de un Dios que nos quiere no reconciliados por decreto, sino reconciliados en espíritu. Que sintamos realmente: Que este Dios no es el dios de la venganza, de los odios y los rencores. Si no es el Dios que se da, el Dios que se entrega.
El domingo pasado, me tocó presidir la Celebración Eucarística en una Parroquia en Alemania, celebraban 190 años y el lema era: “Dejemos nuevamente el espacio para Dios”, devolvamos a Dios el espacio que necesita en nuestras vidas. De ese Dios es del que nosotros hablamos, de ese Dios que ha entrado en nuestras vidas y corazones, ese Dios al que lo pueden insultar, pero que nunca lo van sacar de nuestras corazones y ni de nuestra vida como pueblo.
Es ese Dios que ama tanto al pueblo, pero de verdad buscando lo auténtico, buscando lo que cada persona necesita: vida; no privilegios, no cosas materiales, no llenarnos solamente de cosas que satisfacen por un momento el sentimiento de algunos.
Este es el Dios que quiere que vivamos, ya lo recordamos en el libro del Deuteronomio: "Acuérdense dijo Moisés a su Pueblo, acuérdense de todo el camino que el Señor su Dios les hizo recorrer en el desierto, a fin de conocer sus pensamientos, y para saber si van a cumplir sus Mandamientos.”
Acuérdense de ese Dios; de ese Dios que llegó donde estaba el pueblo aprisionado y esclavizado; para liberarlo. Pero no lo liberó con ilusiones, no lo liberó haciendo Él todo lo que cada uno tiene que hacer cuando es libre, cuando uno tiene que ejercer su responsabilidad en bien del pueblo mismo y en bien de todas las personas que se convive.
Acuérdense de ese Dios que los sacó y los hizo caminar por el desierto; en medio de problemas y dificultades; nada de salvaciones fáciles, nada de salvaciones que llegan aquí: a suprimir la libertad propia de cada ser humano, que tiene que ser el constructor de su propia existencia.
“Los hizo caminar en medio de sufrimientos y pruebas, para ver hasta dónde la adhesión de ellos era realmente auténtica y clara”, para ver si allí estaban realmente cumpliendo los Mandamientos que el Señor les había dado.
Y a lo largo de ese desierto, el pueblo tiene hambre y el pueblo le pide pan. Y Dios le da el pan: "El maná", que llueve del cielo y les dice: “Van a comer esto; Yo soy el DIOS de la Vida y no quiero que nadie muera en medio de las pruebas y sufrimientos. Yo quiero que todos se alimenten de este pan que está bajando para ser la fuerza de todos ustedes”
"No se olviden del Señor su Dios, que los sacó de Egipto"; hermosas palabras estas hermanos y hermanas; para nosotros creyentes, para nosotros los bautizados, para nosotros que nos toca caminar en un país en el que la mayoría cree en el Señor.
No podemos darnos el lujo de olvidar a este Dios, que nos alimenta cuando lo necesitamos, pero que también sabe saciar la sed, la sed humana y la sed de justicia, de verdad y de libertad que debemos cultivar constantemente en cada uno de nosotros.
Este es el Dios que quiere abrir espacios nuevamente, que quiere entrar en nuestros corazones una vez más. Ese es el Dios que se hace alimento y que se hace una vez más agua fresca, agua de vida, para que la vida llegue en abundancia a cada uno de nosotros.
Y luego Jesús se presenta con esa afirmación tan extraordinaria: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, los antepasados comieron maná y murieron; si ustedes comen ahora este pan no morirán". Ahí está el gran misterio que celebramos, el gran regalo de Dios que hoy festejamos en una celebración extraordinaria, como un pueblo que canta y aplaude al Señor. Porque ha sabido darnos un alimento que nos va a llevar a vivir siempre y no a terminar nuestra existencia en las tumbas o en los calabozos.
Este es el Dios de la libertad, este es el Señor, que viene realmente a preocuparse de saciar lo que la persona humana necesita. Saciar su hambre de vida.
Es Importante compartir y lo estamos diciendo en nuestro lema: "Compartamos el pan de la Vida", debemos de ser capaces de dar lo poco que tenemos en beneficio de aquellos que no tienen absolutamente nada o que están privados por las situaciones en las que viven.
Tenemos que compartir, pero tenemos que saber compartir para liberar, no para crear nuevas dependencias. Tenemos que ser como el Señor que nos dice: “Aquel que coma mi Cuerpo y beba mi Sangre; ese vive en Mí y Yo vivo en él”. Se hace la comunión extraordinaria del hombre con Dios y de Dios con el hombre.
Y ese es el Dios que no viene con terremotos a decirnos cuál es su plan, si no que entra con medios humanos y sencillos a través del alimento humano más querido y preciado: “El pan”; para que captemos y comprendamos que Él es un pan extraordinario que da vida y vida eterna para todos.
En el Corpus Christi todos los creyentes miramos a este Señor, que se entrega por nosotros, queda su vida para que nosotros tengamos vida. Aquí está el primer llamado para toda la comunidad cristiana y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, no basta repetir slogans de memoria, hay que saber compartir, pero compartir con alegría, con gozo, no como expresión de odio y de rencor.
Compartir, porque Dios nos ha puesto así; en esa misión extraordinaria de hacer lo que Él nos ha dado esté al alcance de todos, pero levantando a todos y no humillando absolutamente a nadie que pueda beneficiarse con nuestros dones y con nuestros regalos. Él es el Dios del compartir.
Este vacío que sentimos hoy en nuestro país, cuando hay pocas ganas de poner lo que digamos cada uno a disposición de todos, esta fiesta del Corpus Christi debe enseñarnos que no basta hacer una procesión, es importante comprometernos hoy para que eso que tengamos aunque sea poco en nuestro país, alcance para todos, a fin de que nadie pase hambre ni tenga sed, material, espiritual o moral.
Y vamos más adelante con nuestro Lema: “Compartamos la vida, la verdad y la unidad”. Pablo es claro cuando le habla a la comunidad de Corintios y dice: "El pan que partimos no es Comunión con el Cuerpo de Cristo, hay un solo pan y todos nosotros aunque somos muchos formamos un solo cuerpo, porque participamos de su único pan".
Es un una invitación a la Unidad, hoy también se habla mucho de Unidad, pero de unidad para perseguirnos, de unidad para no comprendernos, de unidad para seguir fraccionándonos, para ir haciendo de nuestros pensamientos, de nuestros valores pequeños pedazos desechables que solamente los asumimos cuando tenemos alguna necesidad especial.
Importa que sepamos que la Eucaristía nos invita a vivir la unidad, el pan de la Eucaristía esta hecho no de un solo trigo, no está hecho de un solo gramo de trigo; esta hecho de miles de granos y todos forman un solo pan.
Así también nosotros hoy aquí, reunidos en este estadio, somos muchos, somos diferentes, pensamos de diversas maneras, tenemos diversas maneras de vivir, pero en Cristo el Señor somos un solo Cuerpo y por eso debemos estar alegres y felices de dar al mundo y a nuestra patria el signo de la auténtica unidad.
Hay demasiados espacios de división y no hablemos de aquellas divisiones que sirven sólo para condenar a unos y otros, o para condenar a comunidades enteras, hablamos de esas divisiones que las encontramos en nuestras familias, en nuestros barrios, de esas divisiones que hacen que unos no piensen en el bien del otro, que sigamos fraccionándolo todo.
Y todo lo que el Señor nos ha dado lo repartimos solamente por los egoísmos que nos dominan y nunca por aquella coherencia que Dios nos pide: que sepamos administrar los bienes de la creación en bien todos.
Esta fiesta del Corpus Christi, del Cuerpo y la Sangre del Señor es para nosotros un momento especial, es el Señor que nos va a dar vida, esa vida del Señor la tenemos que apreciar, la tenemos que sembrar, la tenemos que llevar; en estos momentos en que la vida del hombre se encuentra amenazada de diversas maneras. En estos momentos en que en nuestra patria parece que la vida no cuenta y todo es buscar más cementerios y seguir creando mayores tumbas para enterar a aquellos que no piensan como lo quieren algunos que desean que pensemos al unísono, en una sola voz, sin tener la capacidad de ser libres para expresar también los pensamientos.
Esta fiesta, es la fiesta del Dios cercano, del Dios humilde y estoy seguro que estos hermanos que tienen tantos medios para filmar, capturar, enfocar y fotografiar, van a poder captar la grandeza de ese Señor que está en la Hostia y que se va a ser presente para nosotros.
La humildad de un Dios, que se entregó en ese signo de alimento para el hombre. Esa humildad del Señor que dejándolo todo, todo ese poder que podía manifestar como Dios, se humilla y se hace uno de nosotros, y más todavía, muere en la Cruz y Resucita. Y por que Resucita; es que tiene esa capacidad extraordinaria de seguir levantando lo humano, aunque sea pequeño para que la grandeza de Dios esté siempre presente y no nos afiancemos ni en nuestros triunfos, ni en nuestras palabras, ni en nuestros planes, ni discursos.
Esa es la grandeza de Dios, Dios cercano, Dios humilde, este Dios después que lo recibamos en hoy en la Comunión, aún va tener el gesto extraordinario de decirnos ¡vamos, quiero caminar por la ciudad, quiero estar también allí donde ustedes viven, quiero conocer de cerca sus problemas y dificultades, quiero que sepan que yo no estoy lejos del dolor y del sufrimiento, pero que yo me preocupo de solucionar todo eso, sin gritos, sin amenazas, sino siguiendo la humildad; que es la semilla de la auténtica verdad, del auténtico amor y de la auténtica entrega!.
“Quien come mi carne y Bebe mi sangre, vive en Mí y Yo en él”; ahí está; constatemos eso, vivamos esa experiencia hoy, el que crea en Mí, vive en Mí y yo Vivo en él, no es un regalito que se va acabar, es entrar realmente en la amistad con Dios, con ese Dios que siendo grande se hizo pequeño, para poder entrar en nuestros corazones.
De ese Dios que siendo grande tomo la forma humana, para que ante todo ser humano nosotros nos arrodillemos y realmente reconozcamos al Dios que nos libera, al Dios que nos quiere a todos por igual, al Dios que no ha venido a juzgar, sino a salvar.
Amemos a este Dios, experimentemos esto esta noche. Dios quiere estar en nosotros, abramos nuestros corazones a Dios para que Él viva con nosotros.
Qué bueno sería: que como fruto de esta celebración nos lleváramos esas palabras de Moisés en el corazón: "Acuérdense de todo el camino que el Señor su Dios les hizo recorrer" acordémonos de todo lo que Dios nos regala, de todo lo que Dios nos da, para que cuando nos arrodillemos ante Él, lo hagamos con altura y dignidad porque nosotros los creyentes sólo ante este Dios nos arrodillamos y no ante cualquier ídolo.
Con todo el corazón para ustedes, para todos los que están siguiendo esta celebración por los medios de comunicación y para el país entero; vuelvo a repetirles la palabra de Moisés: “No se olviden del Señor su Dios, que los sacó de Egipto, donde eran esclavos y los hizo marchar por el desierto para darles vida y para saciar su sed, de agua, de justicia, de verdad y libertad”.
Amén