Solemnidad de San José
San Mateo 1,16. 18-21. 24ª:
Patriarca de la Iglesia, el pueblo de la Alianza que Dios prometió desde el principio

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté  

 

 

Lectura del segundo libro de Samuel 7,4-5a. 12-14a. 16:

 

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: -“Ve y dile a mi siervo David: Cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus padres estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas; y consolidaré su reino. Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré, para él un padre, y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre. 

Sal 18, 2-3. 4-5. 27 y 29:

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, / anunciaré tu fidelidad por todas las edades. / Porque dijo: «Tu misericordia es un edificio eterno, / más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» // Sellé una alianza con mi elegido,  / jurando a David mi siervo: / «Te fundaré un linaje perpetuo, / edificaré tu trono para todas las edades.» // El me invocará: «Tú eres mi padre, / mi Dios, mi Roca salvadora.» / Le mantendré eternamente mi favor / y mi alianza con él será estable. 

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 4,13.16-18.22:

Hermanos: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahám y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia: así la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.» Al encontrarse con el Dios, que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.» Por lo cual le fue computado como justicia. 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 1,16. 18-21. 24ª:

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: La madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: -“José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. 

Comentario:

1. Las raíces de este nuevo pueblo que se inaugura con San José –la Sagrada Familia, y la Iglesia- son profundas, tienen una historia: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (primera lectura). Jesús tiene raíces, estirpe, no es un extraño sino uno de nosotros. Los libros de Samuel narran el origen del reino de Israel (con Samuel, Saúl, David...). La profecía se cumple en Jesús, hijo de David.

La promesa de Dios... Dios prometió a Abraham y a su descendencia ser herederos del mundo. La historia de Abraham está llena de promesas de Dios cuyo cumplimiento no depende del hombre, sino de la fidelidad de Dios a sus promesas. Creyó en esas promesa. Creyó en lo imposible, Dios le prometió una tierra, una descendencia y un vínculo. Como tierra, el mundo. «Recibir el mundo en herencia». La fe da la posesión del mundo. La descendencia, no es por la circuncisión, sino por la fe, por la que se pasa a ser heredero. Por esto es un don gratuito. Y la promesa permanece válida. “Te hice padre de muchos pueblos. Abraham es nuestro padre ante Dios «en quien creyó»; "padre" de todos los hombres. Por su fe, verdaderamente, "dio la vida".

2. El salmo de hoy es un poema-himno real, que canta el poder real de Yahveh, el Rey auténtico: Tú dominas la soberbia del mar... Tú amansas la hinchazón del oleaje. Tú traspasaste y despojaste a Rahab (monstruo marino, potencia infernal). Tu brazo potente desbarató al enemigo. Tú cimientas el orbe y cuanto contiene. Tú creas el norte y el mediodía... Tú tienes un brazo vigoroso... Y sobretodo habla de la Alianza: "Bienaventurado el pueblo que sabe aclamar, que camina a la luz de Tu rostro... Danza de alegría todo el día. Tú eres nuestra fuerza, Tú acrecientas nuestro vigor". Israel tiene conciencia de ser amado, elegido, mimado, por Dios. Dos palabras que forman una especie de pareja se repiten siete veces (cifra de la perfección): "¡AMOR" y "FIDELIDAD!" La unión de estas dos palabras, hace énfasis en la estabilidad, en la perennidad del amor, ideas que se refuerzan aún más mediante la repetición por siete veces de las palabras "sin fin", "para siempre". La segunda parte del salmo es un recordatorio del famoso Oráculo-Profecía de Natán, que anunciaba la estabilidad de la Dinastía de David hasta el fin de los tiempos (2 Samuel 7 - I Crónicas 17,1-15 - Jeremías 33,14-26). En Jesucristo, alcanza este salmo pleno sentido. Sólo El puede decir a plenitud: "Tú eres mi Padre". El es el verdadero "Mesías", el "Ungido" (en griego "Christos"), consagrado por el Espíritu Santo.

«Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad». Tú eres el señor de la historia, el dueño del corazón humano. Tú dispones los sucesos y ordenas las circunstancias como asientas montañas y diriges las órbitas de los astros. Todo es obra de tus manos. Hemos visto tu poder y reconocemos tu soberanía absoluta sobre todo lo que existe. Nos sentimos orgullosos de ser tu pueblo, porque no hay dios como tú, Señor.

«Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro. Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro rey». Tu poder es nuestra garantía. Tu fortaleza es nuestra seguridad. Nos gloriamos de que seas nuestro Dios. Nos alegramos de tu poder, y nos encanta repetir las historias de tus maravilllas. Tu historia es nuestra historia, y tu Espíritu nuestra vida. Nuestro destino como pueblo tuyo en la tierra es llevar a cabo tu divina voluntad, y por eso adoramos tus designios y acatamos tu majestad. Tú eres nuestro Dios, y nosotros somos tu pueblo.

3. Este año hemos celebrado la fiesta litúrgica de San José al día siguiente del viernes “de pasión”, de la memoria antigua de la Virgen de los Dolores, y es éste el mejor pórtico para la semana santa: si ayer veíamos que desde el corazón de la Virgen es como mejor podemos apreciar la visión de los acontecimientos de esta semana, hoy podemos decir que es con José cuando se hacen realidad las profecías de Abraham y los antiguos, pues si anteayer veíamos que el nuevo pacto que establece Dios con él abarca tres aspectos en su alianza: una tierra, una descendencia, un vínculo.

a) Hoy nos dice san Pablo que ya no es por la “observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abraham y su descendencia la promesa de heredar el mundo”: por tanto, será José quien da origen como nuevo Abraham a esta tierra nueva que es sentirse en casa pues Dios ha venido y el Emanuel (Dios con nosotros) que hemos visto como el “Yo soy”, el Dios de Moisés revelado plenamente en esa presencia que recordaba Jesús en la fiesta de las Tiendas (Evangelios de esta semana, de Jn 8), Jesús ha plantado con la Encarnación su Tienda entre nosotros, es la presencia de Dios viva, y continúa en esta Alianza que se consuma esta semana, sellada con su sangre, el “cáliz de la nueva alianza”, y se queda en la Eucaristía, después de su ofrecimiento en la Pascua.

b) La descendencia –espiritual, por la fe- es la nueva familia de Jesús que la Sagrada Familia inaugura, ahí comienza la familia de Jesús, que no es por la sangre como dice hoy s. Pablo sino por la fe, la Iglesia. Como se sabe, será en Ef 1 y Col 1 cuando Pablo explicará mejor que todo es realizado por El: El ha puesto a Cristo como cabeza de todos los seres en el misterio mismo de la Iglesia, su plenitud (Ef 1,22-23). Pablo ha pedido para los efesios el don de la sabiduría para que comprendan ante todo cómo la Iglesia es signo del poder de Dios manifestado en Jesucristo. En efecto, es un privilegio inaudito para la iglesia tener como jefe al Señor del universo, así como ser su Cuerpo. Por tanto, la Iglesia no está solamente sometida al Señor de la misma manera que el universo, porque le está ya indisolublemente unida, como un cuerpo a su cabeza. La Iglesia es pléroma de Cristo como receptáculo de las gracias y de los dones que El reserva para toda la humanidad. La expresión "todo en todos" sugiere que este receptáculo no tiene limites. Por otra parte, estas gracias no están reservadas solo a la Iglesia, sino a la humanidad, con vistas a su crecimiento (Ef 4, 11-13) hasta el estado de "hombre perfecto" que es el de la humanidad reunida en Cristo y gozando de la plenitud de la vida divina (Maertens-Frisque).

c) Y el vínculo que une, es ser hijos de Dios y la ley del amor que une –como participación del amor divino- los miembros de la nueva familia. Éste es el vínculo, compromiso de amor. Quisiera, Señor, llegar a ser «total acogida» de Ti. Quisiera encontrarte más y no apoyarme sino en Ti. Ahora sé -tu apóstol me lo ha repetido- que mi salvación depende de tu promesa, más que de mis obras y que Tú haces lo que prometes. Señor, tengo confianza en Ti. Estoy seguro de Ti. Yo, que sufro tanto de mis limitaciones, de mis pobrezas, quisiera, de una vez, aceptarlas y luego olvidarlas para no sufrir más por ellas y contar sólo contigo y no en mis propias fuerzas. ¡«Don gratuito»! ¡«Don gratuito»! Acomodándose a las leyes tradicionales de la acción de gracias judía, Pablo pasará, al final de su himno de bendición de Ef (1, 1-10; 11-14), a una oración epiclética en la que pide a Dios la gracia del conocimiento de su designio, para los destinatarios de su carta. No es ya solamente la práctica de la ley, el conocimiento de la voluntad divina sobre el mundo, ni tampoco una explicación del mundo, sino el amor de Dios, manifestado en la resurrección de Cristo, que garantiza nuestra propia transfiguración.

4. La genealogía de Jesús tiene este nuevo Patriarca de la Iglesia, de la nueva descendencia, del pueblo que comienza en su núcleo vital de la Sagrada Familia, a José, que como el antiguo de Egipto, “él proveerá”, cuidará de la casa.

a) Entre tantos aspectos podemos tomar uno a consideración: "¿Por qué quiso José despedir a María? Escuchad acerca de este punto no mi propio pensamiento, sino el de lo Padres; si quiso despedir a María fue en medio del mismo sentimiento que hacía decir a san Pedro, cuando apartaba al Señor lejos de sí: Apártate de mí, que soy pecador (Lc 5, 8); y al centurión, cuando disuadía al Salvador de ir a su casa: Señor, no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8, 8). También dentro de este pensamiento es como José, considerándose indigno y pecador, se decía a sí mismo que no debía vivir por más tiempo en la familiaridad de una mujer tan perfecta y tan santa, cuya admirable grandeza la sobrepasaba de tal modo y le inspiraba temor. El veía con una especie de estupor, por indicios ciertos, que ella estaba embarazada de la presencia de su Dios, y, como él no podía penetrar este misterio, concibió el proyecto de despedirla. La grandeza del poder de Jesús inspiraba una especie de pavor a Pedro, lo mismo que el pensamiento de su presencia majestuosa desconcertaba al centurión. Del mismo modo José, no siendo más que un simple mortal, se sentía igualmente desconcertado por la novedad de tan gran maravilla y por la profundidad de un misterio semejante; he ahí por qué pensó en dejar secretamente a María. ¿Habéis de extrañaros, cuando es sabido que Isabel no pudo soportar la presencia de la Virgen sin una especie de temor mezclado de respeto? (Lc 1, 43). En efecto, ¿de dónde a mí, exclamó, la dicha de que la madre de mi Señor venga a mí?" (San Bernardo). Otra explicación, esta vez de San Jerónimo: "José, conociendo la castidad de María y extrañado por lo acaecido, oculta con su silencio aquello cuyo misterio ignora". Por tanto, José se habría encontrado ante un dilema: por un lado, la indiscutible inocencia de María, y, por otro, un hecho que parecía desmentirla; José busca entonces un comportamiento que deje a salvo ambas exigencias. ¿Se puede hablar entonces de justicia? En cualquier caso, no es éste el concepto de justicia que aparece habitualmente en el evangelio de Mateo.

b) El tema del Emmanuel (Dios-con-nosotros) conecta con el de "Hijo de Dios con pleno poder". Los exegetas notan en el evangelio de Mt el paralelismo entre este anuncio del ángel a José y la conclusión del Evangelio: "Yo-estaré-con-vosotros"... Hablar de Cristo como Emmanuel es connotar, actualmente, el misterio pascual de Cristo y de su presencia en la Iglesia, por la fuerza del Espíritu (Pere Tena). La concepción virginal de María, por obra del Espíritu Santo, enlaza así con la glorificación de Jesús "constituido según el Esp. Santo" (2a lectura). Aquí tenemos como el cierre a toda la teología de las lecturas de la 5 semana de Cuaresma: el “Yo soy” revelado a Moisés en realidad significa “Yo soy con vosotros” y se lleva a la plenitud en el Mesías, y José es el miembro número 1 de esta nueva familia ampliando el María-Jesús a María-Jesús-José, que luego se irá ampliando.

c) Un aspecto también importante es el cumplimiento de las Escrituras, que hemos ido viendo a lo largo del año litúrgico, y que ahora se acentúa con la visión clara de que la Alianza (todos los profetas, etc.) se cumple en el Mesías. Cierto que la fe tiene aspectos sociales (recibirla de los padres) y personales (me llena Jesús, me sacia la sed de Dios porque la verdad, creer en su palabra, es lo que me da satisfacción plena a mi espíritu, y esperanza cierta, y amor pleno, etc.). Pero también ese aspecto que destacamos, como el que vemos hoy que Jesús debería descender de David, son otros aspectos dentro de la unidad de la fe. "El ángel del Señor anunció a José". Los cristianos hemos hecho una devoción deliciosa de la anunciación a María; pero hemos olvidado injustamente la anunciación a José. Porque también el Señor envió su ángel a José para ponerlo en antecedentes de lo que pasaba. Dios informa a José, antes de pedirle su consentimiento para que la obediencia de José fuera responsable, corresponsable. Por eso José entra de lleno en la encarnación y en la redención, o sea, en la historia de nuestra salvación. Dios confió su propio Hijo a José. Le quería mucho y necesitaba la aceptación, la obediencia de José. Jesús sería hombre y ciudadano de un pueblo por obra de José. José le dio el nombre y el linaje, la condición social y la socialización. Por eso será llamado "hijo de David", porque de José recibió el linaje real. Así eran las cosas en aquel tiempo. José, un hombre cabal, obediente a Dios. La respuesta de José al enviado de Dios, como la de María, fue de obediencia, de aceptación responsable de la voluntad de Dios. Si María respondió diciendo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", José obedeció sin rechistar. Toda su vida, la que nos consta por el evangelio, es una vida de obediencia, de escucha de la voz de Dios. Hasta en sueños estaba pendiente de la palabra de Dios. Por voluntad de Dios, que él interpretó en la orden del emperador, se desplazó con su esposa a Belén. Por obediencia a Dios, y para evitar la persecución de Herodes, llevó a María y a Jesús hasta las tierras de Egipto. Por obediencia a Dios, muerto el perseguidor, regresó del exilio con Jesús y María. Por obediencia a Dios, para evitar los antojos del tirano Arquelao, regresó con su familia a Nazaret. Siempre obediente, siempre pendiente de la palabra de Dios, siempre en silencio, como cuando Jesús se quedó en el templo. Y en silencio se fue, sin que nos quede constancia en los evangelios del día y de la fecha. Pero este silencio de José resuena hoy por toda la tierra y se escucha en todo el mundo. En san José, la palabra de Dios, obedecida y realizada, resuena con su original pureza, sin el más leve añadido, en el silencio profundo de la más plena responsabilidad. Porque creyó contra toda esperanza, contra todo lo humanamente razonable, creyó y confió en Dios, como Abrahán. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Dice san Pablo que Jesús se hizo obediente al Padre hasta la muerte y que por eso fue exaltado y recibió el nombre sobre todo nombre. Parafraseando al apóstol, también podemos decirlo de José. Por su obediencia radical, por su fidelidad a la palabra de Dios, san José es hoy un modelo cristiano. De él podemos aprender su reverencia por la palabra de Dios, su determinación en secundar la voluntad de Dios, su eficiencia y empeño en obedecer y cumplir los designios de Dios. Su responsabilidad supo discernir la voluntad de Dios en los acontecimientos e instituciones de su tiempo, en el sueño y en la vigilia, en la mediación de un ángel o de un emperador romano, en los naturales temores y en los mejores deseos de sacar adelante a los suyos. Con entereza y justicia supo buscar primero la obediencia a Dios, la obediencia a la autoridad y a las leyes, el respeto a las costumbres y tradiciones, sin anteponer su interés a su responsabilidad (tomado de “Eucaristía”).

Los evangelios no dicen apenas nada de José: Lo que sería inexcusable, si los evangelistas hubieran pretendido escribir la biografía de Jesús de Nazaret. Pero sabemos que ésta no fue su intención. En efecto, los evangelistas sólo quisieron fijar por escrito la predicación y el testimonio de los apóstoles, de aquellos que estuvieron con Jesús a partir de su bautismo en el Jordán y confesaron después que este mismo Jesús, muerto en la cruz bajo Poncio Pilato, es el Señor que vive para siempre y el Hijo de Dios. Por esta razón no hablan apenas de José, como tampoco hablan mucho de la Virgen María y, en general, de la infancia de Jesús en Nazaret. Pero dicen lo suficiente. Dio nombre al hijo de María y lo llamó "Jesús", que quiere decir "Dios salva".

Si Jesús es la palabra de Dios, José es el silencio del hombre. Si Jesús es la revelación del Padre, José es la fe y la obediencia. Si Jesús es la promesa y el cumplimiento, José es la esperanza. Porque José está en la base, haciendo posible con su silencio, con su fe y con su obediencia, con su esperanza y su paciencia, y con su trabajo, que surja la Palabra en el mundo y venga el reino de Dios. José, hijo del pueblo y en medio del pueblo, pertenece así a la historia de la salvación como todo el pueblo de Dios. José, uno de nosotros, pero justo y bueno más que todos nosotros.

Pongámonos hoy en su lugar: Más que imitar a José como esposo o como padre, pues lo fue de una manera muy especial y única, o como obrero, que no lo fue en absoluto en el sentido moderno, lo que debemos hacer es ponernos en su lugar; esto es, en el lugar de la obediencia a la palabra de Dios, de la responsabilidad, de la fe, de la esperanza y del trabajo. En medio del pueblo: con María, su esposa -la que todo lo guardaba en su corazón-, y delante de Jesús. Solo así estaremos donde tenemos que estar. Solo así haremos lo que tenemos que hacer. Solo así contribuiremos como fieles a la historia de salvación que opera Dios en el mundo con su gracia y su evangelio (“Eucaristía”). Se lo pedimos: “Oh custodio y padre de vírgenes San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes, María; por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre castísimamente con limpia y corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén”.

d) Otra devoción muy bonita para este tiempo son los dolores y gozos de san José, que pueden servir para meditar su figura.

PRIMER DOLOR Y GOZO: Cuando viste a tu esposa que esperaba un hijo, qué dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría, cuando el ángel te dijo que el Creador de este mundo por padre te escogió. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que ayudes a las familias en su camino a seguir. Señor San José dignísimo esposo de María y Padre Virginal de Jesús, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de  nuestra muerte. Amén.

SEGUNDO DOLOR Y GOZO: A Jesús ves nacido sin hogar ni abrigo, qué dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría, cuando sencillos pastores proclaman ante el niñito las maravillas de Dios. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que del humilde aprendamos en nuestro diario vivir.

TERCER DOLOR Y GOZO: Cuando viste la sangre del pequeño Niño, que dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría, cuando Jesús lo llamaste y en ese nombre encontraste la salvación de Dios. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que siempre en Cristo encontremos el motivo de existir.

CUARTO DOLOR Y GOZO: Cuando escuchas que el niño sufrirá con tu amada, qué dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría, cuando el profeta te dice que el Señor lo ha escogido como la luz de Israel. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que Cristo nos ilumine y nos ayude a vivir.

QUINTO DOLOR Y GOZO: Cuando el ángel te manda vayas  pronto a Egipto, qué dolor sentiste, Señor San José. Mas  grande fue tu alegría, cuando el peligro pasaste y con María brindaste todo tu amor a Jesús. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que ayudes al exiliado y al que tiene que partir.

SEXTO DOLOR Y GOZO: Cuando sientes de nuevo que Jesús peligra qué dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría, cuando volviste a tu tierra y con Jesús y María ahí pudiste habitar. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que ayudes al perseguido, al que le toca sufrir.

SÉPTIMO DOLOR Y GOZO: Cuando pierdes al niño por tres largos días qué dolor sentiste, Señor San José. Mas grande fue tu alegría cuando en el Templo lo encuentran explicando a los doctores la palabra del Señor. Por este dolor y gozo, te queremos hoy pedir que orientes al extraviado que no sabe a dónde ir (Centro Josefino de Centro América: www.centroiph.org).

e) Una homilía de san J. Escrivá sobre el patriarca: “En el taller de José”, nos puede servir para repasar estos aspectos. 

-La figura de San José en el Evangelio. La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor. De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan… Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana.

Era José, decíamos, un artesano de Galilea…Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió –si se me permite hablar así– la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa: Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho en mi cosas grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit humilitatem, porque se fijó en mi pequeñez… Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres. 

-La fe, el amor y la esperanza de José. No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe. Vivir de la fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente… San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos… obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente.

José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea… Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor…

(José sería un ejemplo de cómo hemos de santificar el trabajo, y de un aspecto importante): el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret.

-El trato de José con Jesús. Desde hace tiempo me gusta recitar una conmovedora invocación a San José, que la Iglesia misma nos propone, entre las oraciones preparatorias de la misa: José, varón bienaventurado y feliz, al que fue concedido ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y oír, y no oyeron ni vieron. Y no sólo verle y oírle, sino llevarlo en brazos, besarlo, vestirlo y custodiarlo: ruega por nosotros. Esta oración nos servirá para entrar en el última tema que voy a tocar hoy: el trato entrañable de José con Jesús.

Para San José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y pobreza del portal, canto de los Angeles y silencio de los hombres. Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con admiración , dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron.

José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos… como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos…, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de Dios… Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José… José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como Maestro de vida interior? La vida interior no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con El. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase tomada del Antiguo Testamento . Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: éste es José. Ite ad Ioseph. Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.