La piel del tiempo

Autor: Padre Juan Manuel del Río C.Ss.R. 

Correo: delriolerga@yahoo.es

 

 

(Relato con fondo bíblico)

Nada más cautivador que un amanecer en el desierto. Los peregrinos habíamos recorrido los aproximadamente 40 kms. que separan Jerusalén del Mar de la Sal. 

Con esa tibieza indefinible que tiene de pereza sorprendida y matinal la luz del amanecer, el lago se nos presentaba agreste y familiar, desolador y paradigmático a la vez, en su quietud. 

La sal trepaba por todos los salientes rocosos, formando verdaderas estatuas, memorial perenne de la mujer de Lot, quietas, eternizadas en el silencio tendido sobre la superficie del agua.

Por el inhóspito desierto que rodea, encierra, y vela el sueño sepulcral de este lago, llamado mar, —muerto por sobredosis de sal—, se veían, como venas luminosas, estrechos caminitos trazados por los minúsculos rebaños de corderos y cabras que los surcan. Tierra tersa, ocre, infinita de soledad; ondulada tierra, aparente, sólo aparentemente deshabitada, pues el desierto está lleno de vida. 

—Boker tov, —saludó el guía. 
—Buenos días, —fue la respuesta.
—¿Se han fijado en el amanecer? 
—Es como un salmo de alabanza.
— Efectivamente, como pueden ver, hay mucha vida sobre las arenas del desierto.

Íbamos pisando la misma tierra santa y por los mismos caminos, tantas veces recorridos por el Rabí de Nazareth. Poco a poco, la luz comienza a bullir por todas partes. El desierto es agreste, pero invita a la paz.

—El desierto es el areópago de la paz, —dijo alguien.
—Y cada tienda de beduinos un oasis de hospitalidad y de amistad, —subrayó el guía. Y añadió:
—Cada tienda de beduino es un escaño en el parlamento universal del desierto, desde donde se imparte la ancestral doctrina de la hospitalidad.


El sol estaba bajo aún, así que las sombras se alargaban todavía. Aprovechando que la luz horizontal del amanecer intenté proyectar mi pensamiento y mis recuerdos a lo lejos. Otros, antes que yo, habían recorrido los alargados caminos del tiempo. El Éxodo fue un camino universal, indeleble, que marcó la Historia de un Pueblo. Me he asomé a los siglos XII—XI antes de Cristo. Una voz, desde dentro de mí mismo, me decía:

—¿Qué has visto?
—El Código de la Alianza.
—Bien, pero algo te traes entre manos. Explícate.

La misma voz me sugería:

—Léete, por favor, Éxodo 20 y 22, y más; que hay mucho que leer. 
—Lo he leído.
—Entonces, recordarás que son los tiempos del establecimiento de Israel en Canaán.
—Sí.
—¿Recuerdas el pasaje que dice: “No molestes ni oprimas al extranjero, porque vosotros también fuisteis extranjeros en Egipto”?
—¿Es un reproche?

La voz se echó a reír.

—No. 
—Entonces, ¿qué me quieres decir con esto de los extranjeros? 

Siguió un silencio.

—Es conveniente que leas también el libro del Deuteronomio. 
—También lo he leído.
—Ahí aparece el Código de la Alianza; data de tiempos del rey Josías, siglo VII a.C.
—Ya.
—Pues, te habrás dado cuenta de un hecho sin precedentes en la historia.
—¿Cuál?
—El que tiene lugar cuando se establece un impuesto social para ayudar a los extranjeros. 
—Lo recuerdo. Está en Dt. 14, 28—29.
—Me alegro que lo recuerdes.
—Se trata, efectivamente, del diezmo trienal, para ayudar a levitas, viudas, extranjeros y, en fin, necesitados.

Advertí un deje de satisfacción en mi interior. La voz prosiguió:

—Y como si eso fuera poco, está también el Código de Santidad, del libro del Levítico.
—Que también conozco.
—Es allí donde se equipara a los extranjeros con los israelitas: “Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto”. Levítico 19, 33.
—Ya lo creo que fuimos emigrantes…

Esta vez mi mente no se fue a tiempos pasados. El presente estaba resultando de acuciante actualidad. En Barcelona, en Murcia, y en otros lugares, los “sin papeles” tenían tomadas las iglesias. Y en Ramala seguían los disturbios entre palestinos y soldados israelíes. ¿Por qué tiene que haber, siempre, un algo que perturbe la paz de un amanecer? ¿Por qué ni en la soledad agreste y serena al mismo tiempo del desierto se puede encontrar la paz?

—No puede haber paz mientras no desaparezca la crispación de las conciencias.
—¿Entonces...? 

Teníamos que continuar nuestro peregrinar. Estábamos en la tierra de los esenios, y Qumran es visita obligada. Mientras caminábamos hacia Qumran, fui rumiando, hacia dentro de mí mismo, una inquietante pregunta: ¿Y quién no es extranjero...? 

—Nadie debería serlo.
—Israel fue un pueblo errante. Abraham el primer nómada de la Historia bíblica.
—No importa. Hoy nadie debería sentirse extranjero.
—Los “sin papeles”. 
—Olvida los “papeles”. Antes que los “papeles” están los derechos. Nadie nace con “papeles” pero todos nacemos con “derechos”. Los derechos son antes que los papeles, porque son inherentes a la persona. Y la persona está por encima de todos los papeles, habidos y por haber.

No yo, la voz de mi interior se había alzado con fuerza. Sentí que todos la habían escuchado. Miré a los demás peregrinos. Nadie se inmutó. Sin embargo, el eco de esta voz de justicia se esparció por el desierto, uniéndose a otras muchas voces. ¿No habían hecho lo mismo los profetas? ¿No había resonado con fuerza su voz? ¿No estábamos en tierra de profetas? Fui yo, ahora, quien sin poder reprimirse gritó:

—¿Dónde están hoy los profetas? 
—Han sido sustituidos por los políticos.

El sol, que ya caía con fuerza, calentaba y daba sed.

—La persona se acredita por sí misma. La tierra es de todos. ¡Toda la tierra es de todos!
—¿Toda? 

Casi sin darnos cuenta nos íbamos separando del fascinante Mar de la Sal, de aguas densas, y de un hermoso color verdoso, frente al contrastante ocre suave de los alrededores montañosos. Y estábamos ya en las proximidades de Qumran. La panorámica que ofrece el escarpado corte del desierto de Judea es impresionante. Sobre el corte rocoso están las famosas Cuevas.

—Otro fascinante lugar, lleno de historia y acontecimientos, —dijo el guía.
—Tengo entendido que se remonta a los tiempos de Ozías.
—Eso parece. Y siempre hubo aquí mucha vida, hasta la ocupación y caída de la fortaleza de Masada a manos de la X Legión romana.

No pudimos entrar a las cuevas, no había acceso. Allí donde, supuestamente, la cabra había entrado, no hubo acceso para nosotros. El guía explicaba:

—Son muchas las cuevas. Se supone que sirvieron de casa, fortaleza y refugio, desde muy antiguo. Los beduinos debieron utilizarlas a lo largo de los siglos. 
—¿Hasta que desaparecieron?
—Un pueblo nunca desaparece del todo. En los pergaminos que, en apariencia, se encontraron por casualidad, quedó como en testamento para los siglos venideros el alma y la memoria de un pueblo.

Creí oír el chasquido lastimero de una tinaja al romperse en mil pedazos. Bastó una piedra lanzada al azar por un pastor beduino para despertar el sueño y la memoria de un pueblo, también beduino, expoliado y desaparecido en la quietud intangible del desierto. Alguien preguntó:

—¿De veras fue un pastor el que lanzó la piedra?

Me gustó la respuesta del guía:

—Qué importa si fue un pastor, varios, o ninguno. Nos movemos en un mundo de símbolos, y los símbolos van más lejos que las piedras. 
—¿Entonces?
—¿No lo entienden? No hay secreto que dure una eternidad. Un secreto es como una olla a presión; o la abres a tiempo, o estalla.
—¿Quiere decir que alguien reveló la existencia de los pergaminos porque no pudo guardar por más tiempo su secreto?
—Es una de las posibilidades. No lo sé. Lo único que sabemos es que los pergaminos terminaron por salir a la luz pública. 
—Pero la versión oficial es la del pastor que buscaba la cabra.
—Es también la mía. Pero de versiones oficiales está el mundo lleno. Importan los pergaminos. Y si me apuran, importa el pueblo.

Todos estuvimos de acuerdo. El desierto, como queda dicho, está lleno de vida. Ha sido asentamiento multisecular de pueblos. Los distintos grupos de turistas contemplaban absortos la desierta y emblemática panorámica. El calor apretaba, por lo que algunos se apartaban de los guías para ir en busca de refrescos a la cercana y bien surtida tienda. A quienes seguían atentos al guía, éste les decía:

—Esos pequeños paredones que vemos ahí abajo corresponden a las ruinas de lo que fue el monasterio de los esenios.
—¿Los esenios?
—Sí. Una especie de monjes del desierto.
—¿Monjes del desierto, ha dicho?
—En parte, sí; pero más bien, no.
—¿Entonces?
—Yo diría, más bien, que eran buscadores de Dios.

Bajo el ardiente sol trazamos los rasgos de una geometría imaginaria. Jericó, Mar de la Sal, Qumran, formaban una trilogía perfecta donde convergen los buscadores de un mismo Dios que, por distintos caminos, tratan de encontrar y adorarlo. Yo recordé aquel día, cuando a Jericó llegaron los espías. El guía, con amabilidad, dijo.

—Espía es sinónimo de turista.

Nos reímos. Y él siguió.

—Claro, porque lo curiosean todo.

A los de Jericó los envió Josué desde el Monte Nebo. Regresaron con la buena noticia de que era una tierra feraz cuya prueba estaba en los frutos ubérrimos que traían.

—La Tierra de promisión, —explicaba el guía.

Era el lugar donde nos encontrábamos ahora. Tras la fatiga del largo viaje por el desierto habían encontrado una tierra fértil. Y Puerta de entrada a la Tierra prometida. 

—Este es el oasis de Jericó.

Efectivamente, fértil vega del Jordán. Saboreamos unos dulces y sabrosos dátiles. Aquí había quietud, paz, sosiego. Curiosamente, cerca de la puerta de la tienda, en la explanada, se encontraba un beduino, o es lo que supusimos. Vestía túnica de un blanco impecable. Estaba sentado en una silla junto a su camello, esperando que los turistas probaran la experiencia de subirse a un camello y sacar la foto que acreditara sus exóticas andanzas. Una española se acercó.

—¿Cuánto?
—Two dollars.
—No, no; ser mucho. ¡Úan dólar!
—One, no; two dollars.

Ahora eran ya varios los turistas que rodeaban al beduino, porfiando. Naturalmente, terminaron por soltar los dos dólares por barba que el beduino pedía.

De aquellos primeros espías, llamados hoy turistas, nada más nos separan unos siglos. Distintos turistas, distintos espías. Unos, salidos de la esclavitud, que buscan la Tierra prometida; otros, sobrados de todo, que la invaden, para salir, cargados como esclavos, de souvenirs. 

Sólo el Mar de la Sal, o Mar Muerto, permanece en su sitio, en sedente quietud, como si en él hubieran quedado sepultados los pecados de una humanidad doliente, la de entonces y la de ahora.

La voz seguía punzándome, a vueltas con la preocupación apuntada.

—En Egipto, nuestros padres trabajaron “sin papeles”. Y sin papeles atravesaron el Jordán. 

Creí que la acotación la había hecho el guía. Pero no. Aprovechando que el grupo andaba ocupado con el camello, se había situado a la sombra, junto a la pared de la tienda. El fértil valle, y sobre todo, el Jordán, guardaba hondas reminiscencias. Lugar de encuentro, a veces, y frontera, siempre, sus aguas bautismales purificaban el dolor original de una humanidad errante y trashumante. 

La voz de los profetas estaba suspensa en las arenas flotantes del desierto. Bajo el Mar Muerto, tan cercano, yacen sepultadas las ruinas de Sodoma y Gomorra. Mientras en Qumran se elabora y guarda la teología de la fidelidad bajo el estricto control del Maestro de Justicia.

Me imaginé a los obreros—artesanos de la ley escrita trabajando incesantes sobre los pergaminos que pronto habrá que esconder y conservar en cuevas. Qumran es la memoria histórica y real de un pueblo. Qumran es el disco duro del desierto, y de sus gentes. La base de datos del gobierno del pueblo, tanto en lo social, como en lo político y religioso, estaba aquí, en Qumran.

Por la pantalla del monitor de mi memoria comenzaron a desfilar una serie de documentos. La lista de normas de conducta, dirigidas tanto a gentes de ámbito urbano, como del campo, era completísima. Allí, un ritual, para la ceremonia del matrimonio. Más allá, un código de conducta. Por la pantalla seguían desfilando siglo y medio de actividad incesante de un sector definido del grupo esenio; el mismo que se había distanciado del judaísmo oficial. Alguien preguntó al guía.

—¿Qué pasaba con el judaísmo oficial?
—El judaísmo oficial era considerado relajado en cuanto a costumbres e interpretación de la ley.
—Es decir, que los esenios buscaban la fidelidad a la Alianza.
—Claro, a la Alianza, con el respeto exigido a la puesta en práctica de la Ley.
—Pues debió ser una vida muy dura.
—No tiene por qué serlo, si se trata de ser consecuente con el seguimiento de unas ideas en las que se cree.

A la vista quedan los vestigios del monasterio, tras las excavaciones arqueológicas, dándonos idea del régimen de vida en la comunidad: trabajo, estudio, meditación. En los museos, una amplia serie de pergaminos, los famosos “Rollos de Qumran”.


—Son los Libros santos, escritos sobre la piel del tiempo. 

El sol caía a plomo. Los aljibes del monasterio están secos. En lo más profundo de las cuevas me ha parecido escuchar el balido de una cabra. Un canto liso ha impactado sobre una tinaja. Y como si de una explosión se tratara, los pergaminos han volado por los aires; algunos han caído en el Vaticano, la mayor parte sobre Washington.